Semana Santa

Semana Santa

sábado, 23 de septiembre de 2017

Contra soberbia, humildad

Acabo de leer el artículo que Luis Sánchez-Merlo publica esta mañana en La Vanguardia de Barcelona. Se titula La aporía. Creo que sintetiza bien, con una pizca de ironía, lo que está pasando estos días con respecto a la situación de Cataluña. Cuando se enfrentan dos visiones antagónicas de un mismo problema (“referéndum o referéndum” – “cumplimiento de la ley o cumplimiento de la ley”), solo hay dos vías de salida: la violencia o el pacto. La historia nos muestra que a menudo los seres humanos hemos escogido la primera. El siglo XX está lleno de ejemplos. Solo después de quedar exhaustos de la guerra, los seres humanos se sientan en torno a una mesa. Las Naciones Unidas surgieron tras la Segunda Guerra Mundial, aunque ya, tras la Primera, se había creado la Sociedad de Naciones. Las personas más sensatas, que quieren ahorrar sufrimientos inútiles a su pueblo, buscan el pacto. Y, naturalmente, en todo pacto hay que renunciar a algo que se considera muy valioso en aras de un bien superior: la concordia y la paz. ¿En qué dirección caminamos ahora? ¿Qué se impondrá: la violencia en su versión soft, o un pacto a la altura de los desafíos? El tiempo lo dirá, pero me parece claro que solo el camino del pacto es realmente humano y tiene visos de futuro. Toda violencia es la admisión de un fracaso. No podemos permitirnos recurrir a ella en pleno siglo XXI.

Para pactar se requieren actitudes, destrezas y estrategias. No cualquiera puede sentarse a una mesa. Me gusta más el verbo pactar que el verbo negociar. El segundo se refiere a una visión un poco comercialista de la vida humana: do ut des. Pone en primer plano los intereses de cada parte. Es muy típico de las culturas anglosajonas, que hablan de ello sin descaro. El primero acentúa, más bien, los valores comunes y ciertos objetivos que ayuden a las dos partes a ser ellas mismas, encontrarse y crecer. No sé si nuestros políticos actuales están por la labor o prefieren que la bola de nieve engorde, se precipite ladera abajo y estalle. Quisiera creer que son lo suficientemente inteligentes y honrados como para darse cuenta de que solo un pacto leal puede poner fin a una situación tan incómoda. Pero, claro, pactar significa, entre otras cosas, ser humilde, renunciar a la soberbia del propio planteamiento. Aquí hemos tocado hueso. Si hay alguna virtud que hoy no tiene prensa es precisamente la humildad. Lo que cuenta es ser alguien reconocido, poderoso, intransigente. Nadie quiere “bajarse del burro” y ser tildado por los suyos de débil, cobarde, tornadizo y, menos aún, de traidor. Nadie quiere perder votos y renunciar a los vítores de sus tropas.

No quisiera espiritualizar un debate que es de naturaleza política, pero si algo nos ha enseñado Jesús es que solo muriendo a uno mismo se puede encontrar la vida. Pura paradoja que incluso hoy sigue desconcertándonos. La afirmación excesiva de uno mismo, de lo mío, acaba produciendo la muerte del propio yo. Esto se puede aplicar también a la dinámica de los grupos y los pueblos. El esfuerzo por abrirme al otro, por salir a su encuentro, es el camino para una realidad nueva y más rica. ¿Renunciará el gobierno de Rajoy a presentarse como el escudero de la ley y ofrecerá fórmulas que permitan explorar nuevos caminos sin saltarse la ley, por supuesto, pero sí ajustándola a las necesidades del presente? ¿Renunciará el gobierno de Puigdemont a presentar el referéndum como la única vía de salida o aceptará pactar varias posibles? Solo el más humilde ganará la batalla del largo plazo, aunque pueda “perder” la más próxima. Toda soberbia cava un pozo que se convierte en la propia tumba. Si en otro tiempo teníamos que pedir políticos competentes y honrados, creo que hoy tendríamos que añadir una virtud más, imprescindible para tiempos de conflictos enconados: necesitamos políticos humildes. Pero, claro, solo los fuertes pueden ser humildes. Ya lo decía el viejo Catecismo: Contra soberbia, humildad.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Mientras tanto, caen las hojas

Hoy, como el año pasado, debería escribir sobre el comienzo de una nueva estación y afirmar que me encanta el otoño. Podría hablar de los colores amarillentos y rojizos de los árboles, de las hojas que caen, del fuego que crepita en la chimenea, del olor a setas recientes… y de no sé cuántas cosas más, pero estamos viviendo días tan broncos y tan peligrosos para la sana convivencia que no puedo sustraerme a lo que está pasando en la calle, sobre todo en Cataluña. Se cuenta que, mientras se desataba la revolución bolchevique de octubre de 1917 en Rusia, el sínodo de popes ortodoxos estaba discutiendo sobre los colores de las vestimentas litúrgicas. No sé si esto es verdadero o no, pero, si lo fuera, demostraría hasta qué punto los jerarcas eclesiásticos estaban fuera de la realidad. Es solo un ejemplo clamoroso de lo que nos puede pasar a todos. A menudo, preferimos mirar para otro lado cuando parece que las cosas no nos afectan en carne propia, pero luego no podemos quejarnos de sus consecuencias. A veces, cuando queremos reaccionar, lo hacemos de manera destemplada o es ya demasiado tarde.

Después de un par de posts dedicados al tema, me había propuesto no escribir más sobre el asunto de Cataluña. Soy muy consciente de la complejidad de la situación y reconozco la lógica pluralidad de opiniones. Respeto, sobre todo, el fuerte sentimiento de identidad nacional de muchos catalanes. No veía oportuno echar más leña a un fuego que está ardiendo con fuerza inusitada. Por otra parte, cuando predominan las emociones, apenas queda espacio para la reflexión. Importan más los eslóganes (y reconozco que algunos son muy ingeniosos) que los argumentos. Pero en los últimos días se ha producido una avalancha tan enorme de despropósitos, que siento la necesidad de expresar mi opinión y contribuir, siquiera un poco, a serenar los ánimos y no deteriorar más la convivencia. Amo a Cataluña y me importa mucho lo que sucede allí. El post de hoy es exactamente eso: una opinión; por tanto, algo perfectamente discutible desde argumentos objetivos. 

Sé que, en medio de la tensión política y mediática de las últimas semanas, a muchísimos catalanes no les han gustado nada las recientes intervenciones de la Guardia Civil y de la Policía Nacional por orden de un juez de Barcelona. Lo comprendo perfectamente. ¿A quién le resulta agradable que sean detenidos funcionarios públicos (sean o no del propio partido) o requisados materiales impresos para una consulta popular, aunque fuera ilegal? Enseguida se han destapado todos los demonios franquistas, que es el adjetivo que solemos usar en España cuando queremos referirnos a algo dictatorial o antidemocrático. Comprendo que se juzgue de maneras diversas la oportunidad de una actuación de ese tipo. Cabían varias estrategias políticas y judiciales, no solamente una. Y comprendo que mucha gente se eche a la calle. A mí no me gustan nada las algaradas callejeras (ni siquiera para gritar Viva el Papa), pero sé que hay gustos para todo. Lo que no me parece decente es que los dirigentes tergiversen de tal modo las cosas que, habiendo sido los principales responsables de haberlas provocado, se presenten ante la opinión pública (catalana, española e internacional) como si fueran las víctimas. Esto es una insoportable manipulación que no cabe en quienes tienen que defender la verdad antes que su proyecto político. Un periódico como El País, nada obsequioso con el presidente Mariano Rajoy, ha llegado a escribir un editorial -que comparto de principio a fin- titulado Las mentiras de Puigdemont. Y las ha ido desmontando una a una para evitar que circulen como si fueran un oráculo incontestable.

He leído también los artículos que el mismo Carles Puigdemont, presidente de la Generalidad catalana, ha publicado en el periódico inglés The Guardian y en el estadounidense The Washington Post. No me resisto a copiar y traducir un párrafo del artículo en The Guardian que me parece un ejemplo perfecto de cinismo y propaganda. Escribe Puigdemont: “Catalan citizens are peaceful, European and open-minded, we want to contribute to better international and European governance. The crackdown on our attempts to achieve a democratic process is alien to the way that we both think and act. Our response has been peaceful, despite the heavy-handed tactics from central government, putting democracy and good humour at the forefront. All we want is to carry out the greatest expression of a free democracy, and vote on Catalonia’s future. This is not about independence, it is about fundamental civil rights, and the universal right of self-determination”. 

Lo que, en traducción rápida, quiere decir: Los ciudadanos catalanes somos pacíficos, europeos y de mente abierta, queremos contribuir a una mejor gobernanza internacional y europea. La represión de nuestros intentos de lograr un proceso democrático es ajena tanto a nuestra forma de pensar como de actuar. A pesar de las tácticas de mano dura usadas por el gobierno central, nuestra respuesta ha sido pacífica, poniendo en primer plano la democracia y el buen humor. Todo lo que queremos es llevar a cabo la mayor expresión de una democracia libre, y votar sobre el futuro de Cataluña. No se trata de independencia, sino de derechos civiles fundamentales y del derecho universal a la autodeterminación”. Cada frase podría ser desmontada sin mucha dificultad, pero me quedo solo con la última porque ha sido un mantra repetido hasta la saciedad en los últimos meses: “No se trata de independencia, sino de derechos civiles fundamentales y del derecho universal a la autodeterminación”. 

¿Cómo puede decir que “no se trata de independencia” alguien que hace unos pocos días ha presentado en el parlamento de Cataluña una Ley de Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República, infringiendo los procedimientos ordinarios y antes de saber si los catalanes, en el ejercicio de ese supuesto “derecho universal a la libre determinación”, iban a votar a favor o en contra? Si esto no va de independencia, que venga Dios y lo vea. Toda la política del actual gobierno catalán ha estado orientada desde hace mucho tiempo a preparar la independencia y poner las bases de una nueva república. Obviamente, no siempre lo han dicho así de claro para no soliviantar al personal; han procurado vender otros productos que asustan menos y parecen impecablemente democráticos: “democracia es votar”, “la autodeterminación es un derecho”, “we want to be free”, “derecho a decidir”, “¿qué mal hacemos poniendo urnas?” etc. Se trata de proclamas que suenan bien a la mayoría de los oídos, sin tener en cuenta ni su significado preciso ni su contexto. Reconozco que en muchos casos la puesta en escena ha sido brillante y el impacto mediático colosal. Pero todo tiene un límite cuando se traspasa la frontera de la verdad. 

He leído también la declaración que han hecho los obispos catalanes (en la que piden “respeto” a los derechos y a las instituciones) y la de algunas entidades cristianas catalanas apoyando las movilizaciones. Entre ellas se encuentran dos instituciones que me resultan muy cercanas y con las que en algún momento he colaborado: la Unió de Religiosos de Catalunya (URC) y la Fundació Claret. Me cuesta entender que en su breve comunicado hayan escrito esto: “Expresamos el apoyo explícito a las instituciones catalanas y el rechazo a las últimas actuaciones del Estado español en contra de la democracia y el estado de derecho”.


En primer lugar, es muy discutible que instituciones como estas, sobre todo la primera, deban hacer declaraciones de este tipo, sabiendo que en sus filas hay una gran pluralidad de opiniones, a menos que se haya seguido un mínimo procedimiento de consulta y discernimiento, cosa que tal vez se ha hecho. Pero lo que no me parece justo es que se apoye explícitamente a las instituciones catalanas (que han desobedecido al Tribunal Constitucional) y se rechacen las últimas actuaciones del Estado español por considerar que van “contra la democracia y el estado de derecho”. Después de leer estas cosas, comienzo a sospechar que he perdido el sentido de las palabras y que necesito cuanto antes comprarme un nuevo diccionario. O sea, que quien se salta la máxima ley de un país (la Constitución que han prometido guardar, por imperfecta que sea, y el Estatuto de Cataluña que regula el funcionamiento de la autonomía catalana) es un ejemplo de democracia y de respeto al estado de derecho y quien -con mayor o menor tacto (esto es discutible)- la cumple y la hace cumplir, va en contra de la democracia. Es el argumento del presidente Puigdemont, al que algunos han empezado a llamar Cupdemont por su manifiesta sumisión a la CUP. Se trata de repetirlo por activa y por pasiva. Muchos acabarán creyéndolo. ¿Alguien piensa que todavía estamos utilizando el mismo lenguaje?

Mientras escribo estas líneas, veo que siguen las manifestaciones frente al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. La gente está en su derecho de expresar pacíficamente sus reacciones. Unos pueden considerar que lo mejor para los ciudadanos catalanes es la independencia. Los medios públicos catalanes no dejan de apuntar desde hace mucho tiempo en esta dirección. Otros pueden pensar que la independencia no es deseable. En general, los medios de comunicación de ámbito nacional y algunos catalanes privados siguen esta línea. La política consiste en buscar el bien de todos argumentando las razones que avalan las propuestas y buscando los medios lícitos para llevarlas a cabo. Pero lo que no ayuda nada al clima de convivencia es que los dirigentes políticos tergiversen los hechos o se salten la legalidad, porque de ese modo están justificando que otros utilicen los mismos procedimientos.


Apelar a “la gente”, al “pueblo”, al “clamor de la calle” y expresiones parecidas, al margen de los cauces legales, es el atajo que casi todos los regímenes populistas y dictatoriales han usado para justificar sus atropellos. Los independentistas moderados algún día se arrepentirán de haberse echado en manos de los grupos de la CUP y de haber aplicado el principio maquiavélico de que “el fin justifica los medios”. La historia no muy lejana nos ilustra con ejemplos claros para no cometer los mismos errores que en el pasado. Por otra parte, es muy probable que los miembros del gobierno central se arrepientan de no haber previsto con suficiente tiempo que nos aproximábamos a la “tormenta perfecta” y de no haber arbitrado las medidas políticas para evitarla y, sobre todo, para encauzar de manera justa y estable la relación de Cataluña con el resto de España. Espero que no haya sido por motivos electoralistas, porque eso sería de una bajeza incalificable. ¿Tan difícil es sentarse juntos en torno a una mesa y buscar un proyecto de convivencia (conllevanza, como decía Ortega y Gasset) que no sea el mero fruto de transacciones coyunturales (tú me apoyas/yo te doy una competencia; tú me votas/yo modero mis aspiraciones) sino que responda a una visión de futuro compartida, solidaria y estable en el marco de la Unión Europea? Nunca es tarde si de verdad hay voluntad sincera de buscar lo mejor con y para todos los ciudadanos. 

Después de esta reflexión, quizás no muy bien trabada por las prisas, podemos volver a la belleza del otoño, a la melancolía de los días que se acortan, a las castañas asadas,a los paseos por La Rambla… y hasta a los panellets, tan deliciosos, aunque falte más de un mes para su consumo. Lo cortés no quita lo valiente. 

jueves, 21 de septiembre de 2017

No te rindas a la noche

Son palabras hermosas. No han salido de mi pluma, sino de los labios del papa Francisco durante la catequesis de ayer en la plaza de san Pedro de Roma. No me resisto a transcribir varios párrafos porque me parecen una respuesta providencial a lo que estamos viviendo en estas semanas. El primero es una invitación a no cejar en el empeño de trabajar por un mundo mejor: “No pienses jamás que la lucha que conduces aquí abajo sea del todo inútil. Al final de la existencia no nos espera el naufragio: en nosotros palpita una semilla de absoluto. Dios no desilusiona: si ha puesto una esperanza en nuestros corazones, no la quiere truncar con continuas frustraciones. Todo nace para florecer en una eterna primavera. También Dios nos ha hecho para florecer. Recuerdo ese dialogo, cuando el roble pidió a la almendra: Háblame de Dios. Y la almendra floreció”. Mientras el Papa catequiza en estos términos poéticos y providenciales, Internet arde con noticias que hablan del terremoto de México, de los desastres provocados por el huracán María en el Caribe y, por supuesto -al menos en España- de la grave crisis institucional en Cataluña. ¿Qué lugar queda para la esperanza si todo el espacio parece estar ocupado por los desastres, las tensiones y los conflictos? Aunque este año en el hemisferio norte comenzaremos el otoño el 22 de septiembre a las 22 horas y 2 minutos (hora de Europa central), parece que ya han empezado a caerse las hojas del optimismo. Tenemos más preocupaciones de las que podemos digerir. ¡Menos mal que san Mateo, cuya fiesta celebramos hoy, nos echa una mano!

En momentos como estos es necesario mirar al horizonte. Si uno se concentra solo en lo que tiene delante de los ojos, corre el riesgo de perderse, de dar importancia a lo que no la tiene, de tomar el rumbo equivocado. Solo quien levanta la mirada y otea el horizonte puede mantener viva la esperanza, a pesar de todos los indicadores contrarios. Al verdadero creyente se lo conoce en los momentos de prueba, cuando las cosas parecen ponerse cuesta arriba, cuando no puede poner su confianza en que “todo va bien”, sino que necesita encontrar fundamentos más sólidos, aunque invisibles. El Papa nos da algunos consejos prácticos: “¡Donde quiera que te encuentres, construye! ¡Si estas por los suelos, levántate! No permanezcas jamás caído, levántate, déjate ayudar para estar de pie. ¡Si estas sentado, ponte en camino! ¡Si el aburrimiento te paraliza, échalo con las obras de bien! Si te sientes vacío o desmoralizado, pide que el Espíritu Santo pueda nuevamente llenar tu nada”.

Es probable que en estos momentos de tensión se despierten en nosotros sentimientos de odio o de rechazo hacia quienes no son “de los nuestros”. Es probable que estos sentimientos se retroalimenten constantemente con noticias que confirman nuestro punto de vista. Esto es muy peligroso porque fácilmente podemos saltar del plano del debate ideológico al plano de las relaciones interpersonales. Cuando esto sucede, la guerra ha comenzado. No hay peor virus que aquel que mina la confianza en las personas y las somete a los dictados de las ideologías. Conviene que recordemos lo que el Papa nos dice: “Ama a las personas. Ámalos uno a uno. Respeta el camino de todos, recto o atormentado que sea, porque cada uno tiene una historia para contar. También cada uno de nosotros tiene su propia historia por narrar. Todo niño que nace es la promesa de una vida que todavía una vez más se demuestra más fuerte que la muerte. Todo amor que surge es una potencia de transformación que anhela la felicidad”.

Como no estamos exentos de sucumbir al miedo ante lo que se nos avecina, el Papa nos exhorta: “Si un día te toma el miedo, o tú pensaras que el mal es demasiado grande para ser derrotado, piensa simplemente que Jesús vive en ti. Y es Él que, a través de ti, con su humildad quiere someter a todos los enemigos del hombre: el pecado, el odio, el crimen, la violencia, todos nuestros enemigos. Ten siempre el coraje de la verdad, pero recuérdate: no eres superior a nadie. Recuérdate de esto, no eres superior a nadie. Si tú fueras el último en creer en la verdad, no rechaces por esto la compañía de los hombres. Incluso si tú vivieras en el silencio de una ermita, lleva en el corazón los sufrimientos de toda criatura. Eres cristiano; y en la oración todo devuelves a Dios”. 

Es casi seguro que en el camino vamos a cometer errores. No se hunde el mundo: “Si te equivocas, levántate: nada es más humano que cometer errores. Y esos mismos errores no deben de convertirse para ti en una prisión. No te quedes enjaulado en los propios errores. El Hijo de Dios ha venido no por los sanos, sino por los enfermos: por lo tanto, ha venido también por ti. Y si te equivocas incluso en el futuro, no temas, ¡levántate! ¿Sabes por qué? Porque Dios es tu amigo. ¡Dios es tu amigo!”. 

Hacía mucho tiempo que no leía una catequesis del Papa tan inspirada. Se ve que estábamos necesitando un mensaje de este tipo para no sucumbir ante la que está cayendo. 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Lo urgente y lo importante

Sobre la mesa de mi despacho tengo una tira de papel en la que voy anotando todas las cosas que tengo que hacer cada día. Aprovecho las papeletas sobrantes que me enviaron por correo para participar en las últimas elecciones generales en España. Se trata de tiras de 29 centímetros de largo por 10 de ancho, muy prácticas para hacer listas de compromisos. Mientras repaso los candidatos de los partidos a los que no he votado (que son todos), repaso lo que tengo que hacer. A medida que despacho los asuntos, los voy tachando. A veces, cuando un compromiso me ha exigido mucho esfuerzo, la tachadura es de dimensiones olímpicas. Hay días en que la lista es tan larga que experimento un poco de agobio. Abrir el correo electrónico a eso de las 8 de la mañana significa, por lo general, incrementar el número de tareas. Siempre hay alguien que pide algo o que necesita urgentemente que responda alguna cuestión. Procuro jerarquizar las tareas, pero basta que alguien entre en mi cuarto para que una cosa menuda me ocupe más tiempo que otra que figuraba en primer lugar. Luego están esas tareas que uno va retrasando. Uno sabe que tiene que hacerlas, pero no encuentra el momento apropiado. Debo confesar que hay ciertas cosas que no me salen si no encuentro las condiciones adecuadas.

Listas de este tipo señalan, por lo general, las cosas urgentes, las que no se pueden demorar mucho porque otros dependen de su resolución. Pero, ¿son, de verdad, las más importantes? Tengo mis dudas. Nos han tocado tiempos tan acelerados que el cortoplacismo se ha impuesto como estilo de vida. Vivimos más de acciones que de proyectos. En general, los políticos son especialistas en este arte de hacer cosas cuyos resultados se perciban casi de inmediato. Por eso, los cambios de largo plazo -como la educación, por ejemplo- no se cuidan tanto. Embarcarse en un proyecto exige una clara visión de futuro y la capacidad de articular bien las etapas intermedias. Esto se suele hacer al comienzo de una nueva responsabilidad, pero luego el día a día va introduciendo otras prioridades no previstas. Cada mañana, cuando echo una ojeada a mi tira de acciones, me hago la misma pregunta: ¿Merece la pena que dedique tanto tiempo a escribir un artículo, revisar un texto, responder correos electrónicos, atender llamadas de Skype, hacer informes de actividades…? Casi todas estas cosas se inscriben en un marco más amplio, pero no siempre se percibe la relación entre las acciones que ocupan nuestro tiempo y los objetivos que se persiguen. Lo urgente acaba comiéndose a lo importante. ¿Dónde queda el proyecto a largo plazo, lo que consideramos de verdad importante?

Imagino que muchos de los lectores de este Rincón vivís experiencias parecidas. Las 24 horas del día están llenas de acciones que parecen insignificantes, anodinas y que, por lo general, no elegimos nosotros, sino que nos vienen impuestas por otros o por las circunstancias. Imagino a una joven madre de familia que se hace su plan del día y que, nada más hacerlo, escucha a su hijo pequeño diciéndole que no quiere al colegio porque le duele mucho la garganta. O comprueba que un grifo del baño gotea y que será necesario llamar al fontanero. No tiene más remedio que olvidarse de su plan y atender de inmediato a estos requerimientos que no formaban parte de sus previsiones. Cuando uno tiene mentalidad controladora, se siente perdido cada vez que suceden cosas no previstas. Cuando, a medida que pasan los años, uno va desarrollando una mentalidad más estratégica, se da cuenta de que la vida no es solo, ni principalmente, lo que uno programa, sino lo que sucede. Entonces, aprende a sacar partido de todo: de lo previsto y de lo imprevisto. No pierde los nervios por abandonar tareas urgentes para atender otras que son más importantes. Y, sobre todo, desarrolla una actitud fundamental: las personas tienen prioridad sobre las cosas. Atender a una persona, aunque rompa todos nuestros planes, es siempre más importante que cuadrar un balance, responder un correo electrónico o preparar la comida. Lo acabo de experimentar mientras escribía esta entrada. He tenido que interrumpir la redacción para atender a un compañero que requería mi ayuda. Por eso hoy se ha retrasado la publicación del blog. No se hunde el mundo. Learning by doing. Hay personas que tienen un don especial para atender a cualquiera en todo tiempo y lugar. Yo todavía tengo que crecer mucho en este campo. No hay que perder de vista lo importante. Lo urgente puede esperar.


martes, 19 de septiembre de 2017

Lo importante es ser feliz

Es uno de los dogmas de moda. Un primo mío ha aprendido a despedirse con una fórmula que tal vez ha copiado de algún locutor de radio o presentador de televisión. Cuando se va de casa o sale de un bar no dice: “Hasta la próxima”, “Nos vemos mañana” o “Adiós”, sino: “Que seáis felices”. La cosa no tendría mayor importancia si no fuera por las connotaciones que la frasecita tiene. La gente suele responder: “Y tú también”, que es como un remedo secular de la respuesta litúrgica: “Y con tu espíritu”. Así que todos nos quedamos tan contentos, con la obligación de ser felices el resto de la jornada, pase lo que pase. Luego, resulta que la vida nos pone muchas veces contra las cuerdas y no es tan fácil cumplir el imperativo de ser felices. Viene esto a propósito de varias situaciones conocidas en los últimos meses. Se trata, en concreto, de un matrimonio que se ha separado tras diez años de convivencia, de un religioso joven que ha dejado su comunidad al poco tiempo de la primera profesión y de un sacerdote de mediana edad que ha decidido solicitar la “pérdida del estado clerical”, que es como se denomina ahora al popular “colgar la sotana”. Desconozco el proceso que les ha llevado a decisiones tan drásticas. Es posible que sean fruto de un largo discernimiento y quizás también la consecuencia de crisis insuperables. ¿Quién puede juzgar lo que sucede en la conciencia de las personas? Solo queda una actitud de cercanía, comprensión y apoyo. Lo que más me ha llamado la atención no han sido tanto los hechos (a los que uno nunca acaba de acostumbrarse, por más que se repitan con cierta frecuencia), cuanto algunos comentarios que he escuchado de personas allegadas: “Lo importante es que sean felices”. La felicidad -tan inconmensurable, por otra parte- se ha convertido paradójicamente en el baremo moderno para medir la verdad de nuestras decisiones.

Cuando uno contrae matrimonio, le promete al otro cónyuge “ser [le] fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad… todos los días de la vida”. Y lo mismo sucede cuando uno hace la profesión como religioso o recibe la ordenación sacerdotal: promete ser fiel a los compromisos adquiridos ante Dios. La fidelidad es, en condiciones normales, el camino hacia la felicidad. De hecho, son numerosos los novios que, a la hora de pronunciar la fórmula que acompaña la entrega de los anillos, se hacen un lío entre dos palabras fonéticamente semejantes: fidelidad y felicidad. Ambas constan de cuatro sílabas y comparten siete letras de las nueve que las forman. La primera, con todo, resulta más difícil de pronunciar, quizás porque es menos usada. Hace años, era tal el acento puesto sobre la fidelidad que uno estaba dispuesto a ser infeliz con tal de ser fiel. La sociedad le presionaba para ello. Hoy sucede lo contrario: uno prefiere ser infiel con tal de ser feliz. ¿O las cosas no son tan simples como parecen? ¿Es lo mismo fidelidad que permanencia? ¿Tiene sentido una fidelidad sin alegría? Fidelidad, ¿a qué o a quién? ¿No es la máxima expresión de fidelidad el respeto a la propia conciencia? Las preguntas no sobran.

El concepto de felicidad es sumamente esquivo. El DRAE define la felicidad como “estado de grata satisfacción espiritual y física”. Si nos internamos en el campo filosófico o psicológico, aumentan las perspectivas. Más allá de los matices, es claro que la felicidad no equivale, sin más, a la gratificación de todos nuestros deseos. Más aún: a veces, para ser feliz uno debe preterir o frustrar algunos deseos en aras de ideales superiores. Todos vivimos esto a diario. Por ejemplo, para experimentar la felicidad de aprobar un examen, necesito, por lo general, renunciar a algunas satisfacciones legítimas y dedicar tiempo al estudio. El hecho de conseguir el objetivo hace que estas renuncias no se conviertan en frustraciones sino en momentos necesarios del proceso. Los ejemplos podrían multiplicarse. La vida se basa en esta dinámica. Pero, ¿qué sucede cuando introducimos el concepto de fidelidad a la palabra dada o, en el caso de los creyentes, de fidelidad a Dios? Las cosas se complican un tanto. Tal vez un sencillo silogismo pueda arrojar un poco de luz. En algún caso, en el que me tocó acompañar a sacerdotes que decidieron dejar su ministerio, se produjo un curioso -aunque no muy elaborado- razonamiento. Se partía de una premisa que todo el mundo acepta hoy como incuestionable: “Dios quiere que seamos felices”. Es una premisa universal, como la que afirma que “Todos los seres humanos somos iguales”. Se añadía luego una premisa menor, circunstancial: “Esta mujer, de la que me he enamorado, me hace muy feliz”. La conclusión no se hacía esperar: “Luego, Dios quiere que me una a esta mujer y, para ello, que abandone mi sacerdocio”. ¿Cabe alguna objeción? ¿No es un silogismo perfecto? Todo sea en aras de la sacrosanta felicidad. “Hijo, me has dado un gran disgusto, pero lo que yo quiero es que tú seas feliz”, suele ser la respuesta resignada de una madre comprensiva. Ya se encarga mi primo de recordarnos esta máxima cada vez que se despide: “Que seáis felices”.

¿Dónde está el busilis? No, ciertamente, en la conclusión, que parece desprenderse por su propio peso, sino en la primera premisa. ¿Qué significa, en realidad, que “Dios quiere que seamos felices”? ¿Significa que él desea que gratifiquemos todas nuestras apetencias o, más bien, que, siendo fieles a la vocación recibida, encontremos en ella un sentido a la vida, no exento de crisis y dificultades; en una palabra, no exento de cruz? La felicidad, por decirlo un poco más técnicamente, ¿es cuestión de gratificación o, más bien, de sentido? ¿No reside la felicidad precisamente en la convicción de que, con la gracia de Dios, podemos ser fieles al don recibido (sea éste el matrimonio, la vida religiosa o el ministerio sacerdotal), aunque esto nos suponga en ocasiones renuncia y sufrimiento? No puede haber felicidad donde no hay fidelidad.  Ambas realidades son casi intercambiables. Ambas expresan lo que Dios es: feliz y fiel a un tiempo. Esto no significa, naturalmente, que uno no haya podido equivocarse en el discernimiento inicial o que no esté expuesto a situaciones difíciles que exigen una atención particular. No me refiero a los casos individuales, que siempre son únicos y necesitan ser abordados con mucha delicadeza y comprensión, sino al principio general. No estamos llamados tanto a ser felices (y menos a triunfar) cuanto a ser fieles. La felicidad será siempre el fruto maduro, como por añadidura, de una vida que busca, ante todo, conocer y cumplir la voluntad de Dios. Él nunca deja de dar sentido a nuestra vida (y, por lo tanto, de hacerla feliz), aunque atravesemos por períodos de sombras, tentaciones y dificultades. Pero no parece que sea ésta la perspectiva que hoy más se acentúa. Quizás eso explique nuestras frustraciones y tristezas. 

lunes, 18 de septiembre de 2017

Kilómetro y medio de humanidad

Ya he confesado en este Rincón que soy “urbano por obligación y rural por devoción”. Imagino que no merezco por eso ninguna penitencia. Hace unas semanas, disfruté de un hermoso paseo por el pinar de Vinuesa. Justo es que ahora, entrados ya en septiembre, equilibre mi querencia rural con un paseo urbano. Hace más de un año, escribí sobre siete caras de Roma. Ayer disfruté recorriendo el kilómetro y medio que separa la Plaza del Pueblo de la Plaza de Venecia. La calle rectilínea que une ambas plazas es la Via del Corso. Un domingo por la tarde se convierte en un escaparate de humanidad. Uno tiene que abrirse paso entre la marea de gente que la recorre de norte a sur y de sur a norte. Hay turistas de medio mundo, pero también muchos romanos, sobre todo jóvenes, que escogen esta calle como punto de encuentro o tontódromo. Junto a los palacios renacentistas y las iglesias barrocas, abundan muchas tiendas de las marcas más conocidas, desde Zara hasta Liu.Jo. El espacio se lo disputan los artistas callejeros, contorsionistas, músicos, mendigos, soldados, policías, taxistas, y una variopinta gama de seres humanos que se desplazan deprisa, como si tuvieran algo urgente que hacer. O como si no se sintieran habitantes de este no-lugar, sino solo usuarios ocasionales.

Yo, que no tenía ninguna prisa, me dediqué a caminar despacio, observar a la gente y sacar algunas fotos con mi móvil. Mientras contemplaba a unos y a otros y disfrutaba de la variedad, echaba de menos -no lo puedo evitar- la serenidad y el silencio del bosque. Las aglomeraciones me reducen a masa, me hacen sentir una hormiga sin nombre y sin rostro. Algunos disfrutan con esta borrachera de anonimato. Yo la sufro. En cualquier caso, merece la pena de vez en cuando someterse a un sufrimiento de este tipo. Las calles de Roma tienen tal belleza que uno nunca se cansa. Constituyen también una fuente de aprendizaje. ¿Cómo puede haber gente tan ingeniosa y creativa? Comparto con vosotros algo de lo que vi. Es solo un pequeño botón de muestra. Lo que no puedo compartir es el delicioso helado de chocolate negro y stracciatella con el que coroné la incursión urbana. Mi dispiace.

Impresiona encontrarse a La Gioconda por tierra, como si hubiese querido descender de su refugio parisino para mezclarse con la gente de a pie. Una Gioconda popular, agrandada, cercana y callejera. La Via del Corso se convierte en museo del pueblo. Aquí no hay controles de seguridad ni es necesario pagar entrada. Artista y obra se exhiben sin trampa ni cartón. Un plástico discreto cubre la obra por la noche para evitar que se deteriore con la lluvia. 

Este tipo tiene algo de farsante, pero da el pego. Su aparente parsimonia oriental no es sino una forma, como otra cualquiera, de ganarse la vida. El color azafranado de su vestimenta refuerza su falsa identidad hindú. Todos se preguntan cómo es posible que se sostenga suspendido en el aire mientras imaginan el extraño artilugio que lo hace posible.  ¡Estos turistas desconocen el poder de la meditación! Así no vamos a ninguna parte.

Esto es nuevo. Nunca había reparado en esos trozos de piedra colgados -o mejor, depositados- en las ramas de un árbol seco. Naturaleza y arte se funden en un abrazo, pero es un abrazo cansino, muerto. El conjunto parece más un cementerio que un jardín. ¿No será una metáfora de esta civilización?

Los contorsionistas parece que tienen en propiedad el espacio que hay delante de la basílica de San Ambrosio y San Carlos. No suelen fallar los domingos por la tarde. Público no les falta. Lo que escasean son las monedas. Mucho aplauso, muchas fotos, pero poco dinero. Es la cultura de la calle. Ellos lo saben y no se enojan. 

Se merece la alfombra roja y hasta una estrella en el Paso de la Fama de Hollywood. Este pacífico can, que parece mirarnos con toda la tristeza del mundo, está hecho con arena de playa. Sí, sí, con arena dorada. Nada de silicona, caucho o plástico. Su autor lo ha dotado de tal realismo que solo le falta mover un poco la cola o reclamar unas monedas con un discreto ladrido. Si no fuera porque su amo lo impide, a uno le gustaría acariciarlo para mitigar un poco su melancolía.

No podía faltar algún artista del balón. Aspirantes a Maradona, Messi o Cristiano Ronaldo aprovechan también la tarde del domingo para mostrar sus habilidades y ganarse algún dinerillo. Poco, ¡para qué vamos a engañarnos! Los de ayer no eran especialmente habilidosos, pero sí simpáticos. No se puede tener todo en esta vida. 

Aquí es donde me quedé más tiempo. Esta minibanda, formada por solo tres músicos (los dos guitarristas y el batería) me encantó. Parecían extraídos de los años 80. Su sonido era limpio, potente, seductor. De hecho, en torno a ellos se juntó un buen grupo de gente que no se conformaba con mirar, sino que grababa con sus móviles sus atrevidas interpretaciones. También yo lo hice. ¡Qué suerte!

Me hubiera gustado haber charlado con este músico solitario. Armado de su guitarra acústica, con la ayuda de un discreto amplificador, se hacía escuchar en medio del jolgorio de la calle. Pero se veía que era un ser de otro planeta. La funda de su guitarra, abierta de par en par, parecía un símbolo de su propia soledad. Todo en esta foto me dice algo, hasta las pintadas de la puerta abandonada. El toque melancólico y decadente, casi viscontiniano, invita a no tomarse en serio el lujo de la calle. Todo pasa. La procesión va por dentro.


domingo, 17 de septiembre de 2017

La energía atómica del perdón

Ayer, a eso de las dos de la tarde, este Rincón registró la cifra redonda de 150.000 visitas. Adjunto testimonio gráfico para que quede constancia. Coincidió con la entrada 529. Está claro que se trata de un rincón digital para “una inmensa minoría”. No es como para tirar cohetes. Aquí nada es viral. Acostumbrados a un meme simpático de los muchos que corren por el universo WhatsApp, o a un impactante videoclip de You Tube, ¿quién se toma la molestia de leer un texto de unas mil palabras y cinco minutos de duración, sobre cuestiones que casi siempre tienen que ver con la fe y que, sin embargo, no son de cotilleo eclesial? Está claro que no es un buen momento para la lectura y menos para la reflexión. Lo que cuentan son las emociones en estado puro, los subidones de adrenalina, las arengas mitineras, los dogmas sin matices. Es la hora de la tribu. Pero no hay que tirar la toalla. Quizás por eso es preciso seguir con el trabajoso oficio del pensar. Es menos gratificante que un exabrupto acompañado de un millar de likes, pero quizás también menos efímero. Aquí estamos en la estación de la siembra, no en la de la cosecha. La carta de Santiago nos da una pista: “Ved cómo el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia las lluvias tempranas y tardías. Pues vosotros, lo mismo: tened paciencia y buen ánimo, porque la venida del Señor está próxima” (Sant 5,7-8). No os vais a librar tan fácilmente de este escribidor. Queda mucho para lograr el millón de visitas. Y temas no faltan. Así que, paciencia y buen humor. Y quizás alguna chispa de creatividad para que no cunda la rutina.

Lo que nos ofrece la liturgia de este XXIV Domingo del Tiempo Ordinario no se puede expresar con palabras. Solo quien ha vivido por dentro el veneno de la venganza o quien ha experimentado alguna vez en su vida un perdón inmerecido puede entender de qué va el mensaje de Jesús. Ante una ofensa, los antiguos reaccionaban aplicando una violencia desmesurada. La ley del talión introdujo un poco de mesura: “ojo por ojo, diente por diente, herida por herida” (Ex 21,24). Eso del “ojo por ojo” le parecía a Gandhi el mejor camino para que todos acabáramos ciegos, pero no deja de ser un pequeño avance en la historia de la humanidad. El pueblo de Israel fue incluso más lejos: intuyó el poder de la misericordia. En la primera lectura de hoy se dice algo que me ha tocado el corazón: “Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor?” (Eclo 28,3). En tiempos de Jesús, los escribas sostenían que un buen israelita debía perdonar hasta un máximo de tres veces. En ese contexto, se comprende mejor la pregunta con la que Pedro empieza el fragmento del evangelio de Mateo que leemos hoy: “¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?” (Mt 18,21). La respuesta de Jesús es hiperbólica, desproporcionada, increíble: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Es decir, sin límites. Por si no quedara claro, les cuenta a todos -a nosotros- la orientalísima (por exagerada) parábola del rey (a quien le debían diez mil talentos) y del empleado (a quien le debían solo cien denarios). Me ahorro el esfuerzo de traducir a euros la astronómica cifra primera y la pequeña, pero no irrisoria (porque equivalía a cien jornales) cifra segunda.

Jesús habla de la energía atómica del perdón. Nos invita a ser misericordiosos como el Padre Dios (cf. Lc 6,36). Y todo esto suena -reconozcámoslo- a música celestial. ¿Quién tiene el coraje de perdonar cuando ha sido víctima de una flagrante injusticia, de una calumnia, de una violación o de un asesinato? ¿Quién perdona al cónyuge infiel, al pariente que ha extorsionado con la herencia familiar, al amigo que traiciona la amistad, al terrorista que ha asesinado a inocentes, al pederasta que abusa de niños, al corrupto que se aprovecha de los bienes públicos, al traficante de droga que esclaviza a muchos? Hay situaciones humanas que nos desbordan, que claman justicia… cuando no venganza. Es verdad que a menudo el mayor perjudicado es quien se deja llevar por estos sentimientos negativos. El odio corroe el propio corazón, hace inhumana la vida. Pero es un licor embriagador que seduce a muchos y que parece anestesiar el dolor. El odio, incluso en pequeñas dosis, es una droga de la que no es fácil liberarse. La única medicina conocida es el perdón. ¿Es posible perdonar a otro cuando uno mismo nunca ha tenido la experiencia de ser perdonado? Esta es la pregunta que Jesús nos fórmula con su parábola exagerada.

Ante Dios, nadie puede presumir de ser perfecto. Si lo hace, significa que no ha percibido la enormidad del amor de Dios y la pequeñez de su respuesta. Cuando uno se ha hundido en el propio pecado, cuando ha visto que el horizonte de la vida se cierra, cuando ha perdido la esperanza de encontrar una salida airosa, cuando los asideros ordinarios (la familia, el trabajo, la diversión) pierden valor, cuando desciende a la sima de la depresión… y siente que Dios no le pasa factura, sino que lo acoge como el padre de la parábola, entonces, solo entonces, comienza a intuir qué significa ser perdonado. Y solo entonces tiene coraje y fuerza para perdonar a otros. La experiencia es demasiado honda como para creer que uno la comprende a las primeras de cambio. Estas lecciones no se aprenden nunca leyendo un texto. La vida misma nos va colocando en situaciones límite en las que o nos hundimos o descubrimos la fuerza revolucionaria del perdón: primero, el que Dios nos regala; después, el que nosotros podemos compartir. Más a menudo de lo que creemos, la vida nos ofrece ejemplos maravillosos. Conviene contar estas historias reales de perdón, para que Caín no se convierta en nuestro único modelo.