Semana Santa

Semana Santa

martes, 25 de julio de 2017

Siempre en camino

He estado varias veces en Santiago de Compostela, pero nunca he hecho el Camino de Santiago. Hasta ahora no he dispuesto del tiempo necesario para hacerlo; sin embargo, no cejo en mi intención. Llegará el momento oportuno. Me temo que tendré que esperar al menos cuatro años. No sé si lo haré solo o en compañía. Desde luego, no pienso hacer una película como The Way de Martin Sheen ni voy a escribir una novela como hizo Paulo Coelho o un libro autobiográfico como el de Shirley MacLaine. Aunque nunca se sabe. Más vale no hacer promesas que luego no se cumplen. 

He hablado con bastantes personas que han hecho el Camino. Todas coinciden en que se trata de una experiencia única. Algunas me han dicho que les ha cambiado la vida. Es como si, poniéndose en marcha, hubieran dejado atrás una vida superficial y aburrida y hubieran barruntado que se puede vivir de otra manera, que hay una existencia nueva más allá del trabajo, la familia, la diversión y el aburrimiento. Camino físico y camino espiritual se dan la mano. 

¿Por qué en las últimas décadas el Camino de Santiago ha adquirido tanta fuerza? Hay razones coyunturales (desde la promoción turística de los lugares al interés económico), pero creo que la más profunda tiene que ver con la búsqueda de sentido que experimentamos hoy. Muchas personas no están satisfechas con su estilo de vida. Intuyen que estamos hechos para otra cosa. Siempre repito las palabras de Agustín de Hipona porque me parece que no hay forma mejor de describir el anhelo humano: Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón siempre estará inquieto hasta que descanse en ti . Podemos entretener la existencia de varias maneras, dar vueltas a muchas cosas interesantes, pero estamos programados para una sola: vivir en Dios. Hasta que no damos con ella, perdemos miserablemente el tiempo. 

Caminar durante días o semanas por tierras de Navarra, La Rioja, Castilla-León y Galicia (en el caso de que uno escoja el camino francésnos recuerda nuestra esencial condición inacabada. El ser humano, en bella expresión de Gabriel Marcel, es un homo viator. La vida humana es, pues, un itinerario hacia la plena realización de uno mismo. Somos seres que caminan: venimos de algún lugar y nos dirigimos a otro. También el cristianismo primitivo fue conocido como “el camino” (Hch 9,2). Sin embargo, hoy muchos creyentes, narcotizados por el exceso de estímulos, “infoxicados” por muchas y contradictorias informaciones, acabamos perdiéndonos. Nos identificamos con las palabras del apóstol Tomás: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn 14,5). Quizá el Camino de Santiago nos ayuda a redescubrir el significado personal de las palabras de Jesús: “Yo soy el camino” (cf. Jn 14,6).

Escribo esto en la fiesta de Santiago el Mayor, originario de Betsaida, hermano de Juan y discípulo de Jesús. Fue asesinado en Jerusalén en tiempos del rey Herodes Agripa I, entre los años 41-44. Su nombre tiene muchas variantes según las lenguas. La discusión acerca de si sus restos se encuentran en la catedral que lleva su nombre en Santiago de Compostela sigue abierta. Lo que es evidente es que el lugar ha sido durante siglos meta de grandes peregrinaciones. Y lo sigue siendo en los primeros años del siglo XXI. El alemán Goethe llegó a afirmar que Europa tomó conciencia de su identidad peregrinando a Santiago de Compostela. Hoy volvemos a sentirnos peregrinos. Para la socióloga francesa Danièle Hervieu-Léger, el paradigma del “peregrino” –a diferencia de los paradigmas del “observante” y del “militante”, típicos de décadas pasadas– es el que mejor caracteriza a los creyentes europeos de hoy, e incluso a muchos hombres y mujeres que buscan un nuevo sentido a su vida en momentos de crisis y transición. Solo cuando salimos de nosotros mismos y nos ponemos a caminar con otros descubrimos quiénes somos y cuál es nuestra misión.

¿En que se diferencia un turista o un vagabundo de un peregrino? En la motivación que les pone en camino. Unos lo hacen con profundo sentido religioso y de penitencia para llegar a las raíces apostólicas de la fe, otros en búsqueda de un encuentro con la fe, tal vez por primera vez, o acaso para recuperar, después de un tiempo de abandono, la fe perdida.... Las diferentes actitudes pueden tener el mismo fondo en la intención. Y es la intención la que constituye a uno en peregrino. El peregrino suele recibir la bendición de Dios para hacer este difícil camino antes de partir. Así la expresa el Codex Calixtinus del siglo XII en las fórmulas de bendición del morral y del bastón:
“En nombre de nuestro Señor Jesucristo, recibe este morral, hábito de tu peregrinación, para que, castigado y enmendado, te apresures en llegar a los pies de Santiago, a donde ansías llegar, y para que después de haber hecho el viaje, vuelvas al lado nuestro con gozo, con la ayuda de Dios, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.”
Recibe este báculo, que sea como sustento de la marcha y del trabajo, para el camino de tu peregrinación, para que puedas vencer las catervas del enemigo y llegar seguro a los pies de Santiago, y después de hecho el viaje, volver junto a nos con alegría, con la anuencia del mismo Dios, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.”
Peregrinar, en definitiva, es como un taller que nos educa en algunas actitudes esenciales para la vida. Lo que necesitamos para sobrevivir en el Camino de Santiago lo necesitamos para el camino de la vida cotidiana:
Creer en nosotros mismos y en cuanto nos rodea.
Esperar que todos los comportamientos son susceptibles de cambio. 
Amarnos a nosotros mismos, amar a los demás, a la naturaleza y a Dios. 
Desmontar nuestros prejuicios y mecanismos de defensa y abrirnos a los demás. 
Entrar en nosotros mismos y reflexionar en silencio para saber quiénes somos y adónde vamos.




domingo, 23 de julio de 2017

Tres eran tres y las tres eran buenas

El evangelio de este XVI Domingo del Tiempo Ordinario parece haber sido escrito hoy por la mañana. Para que esta suposición suene un poco más realista, el autor del relato tendría que haber sustituido la parábola botánica (trigo y cizaña) por otra informática (aplicaciones y virus, por ejemplo). Pero la sustancia es sorprendentemente actual. Vamos a ver. ¿Cuántas veces nos hemos preguntados por qué demonios no cambia un poco más nuestro mundo después de veinte siglos de cristianismo? ¿No dijo Jesús que él era el camino, la verdad y la vida? Nos reconocemos con facilidad en las palabras del autor de la carta de la segunda carta de Pedro: “Desde que murieron nuestros padres, todo sigue igual que desde el principio del mundo” (2 Pe 3,4). Efectivamente, da la impresión de que, por muchos cambios que se producen, todo sigue igual. Más de una vez nos gustaría dar un puñetazo sobre la mesa y gritar: “¡Hasta aquí hemos llegado! Lo que hace falta es eliminar a toda esta gente corrupta que no hace más que retrasar el cambio de nuestro mundo”.

Nuestras preguntas y ansiedades se parecen mucho a las que experimentaron los cristianos del siglo primero a los que se dirige el evangelio de Mateo. También ellos ser preguntaban cómo era posible que el Reino de los cielos inaugurado por Jesús no lograse un éxito total e inmediato. El evangelista no rehuye el problema. Lo aborda de plano. Trata de responder a partir de tres parábolas de Jesús. La primera –la del trigo y la cizaña (vv. 24-30)– viene acompañada, como sucedió con la del sembrador del domingo pasado, de una explicación (vv. 36-43) en la que la parábola se transforma en alegoría para aplicarla a las necesidades las comunidades judeocristianas. Las otras dos parábolas –la del grano de mostaza y de la levadura (vv. 31-33)– ponen de relieve la fuerza irresistible del bien. Tenemos, pues, una triada muy interesante que nos ayuda a iluminar las perplejidades que hoy vivimos.

La que más espacio ocupa es la parábola del trigo y la cizaña. Creo que todos, aunque no seamos de tierra de cereales, sabemos qué es el trigo. Es muy probable que hayamos visto las espigas ondulando en los campos. En cualquier caso, hemos comido el pan que procede de él. En muchos lugares, el trigo es el alimento básico, así como en muchos otros es el arroz. Quizá no estamos tan familiarizados con la cizaña. Se trata de una gramínea muy semejante al trigo, que crece hasta alcanzar los sesenta centímetros y produce una espiga de granos negruzcos; sus raíces se mezclan con las del trigo y es muy difícil arrancarlas sin arrancar también el trigo. No hace falta ser un lince para ver en qué sentido esta parábola refleja bien la situación del mundo. Hay un sembrador (Dios) que ha sembrado el trigo bueno; es decir, todas las realidades buenas que encontramos en nuestro mundo: desde la naturaleza hermosa hasta nuestros parientes y amigos pasando por la ciencia, el arte y los sentimientos nobles. Ahora bien, hay un personaje siniestro que, de noche, siembra la cizaña; es decir, el mal. Hasta el final de los tiempos el trigo y la cizaña crecerán juntos en el mundo y en la Iglesia. Es bueno saberlo para evitar actitudes innecesariamente puristas, para no escandalizarnos de que en todas partes el bien y el mal convivan.

¿Cuál suele ser nuestra actitud? ¡La de los trabajadores contratados por el dueño del campo! Nosotros queremos arrancar cuanto antes las malas hierbas para que el trigo crezca lozano. Hoy se utilizan expresiones como “tolerancia cero”, transparencia total, etc. Reflejan una actitud noble, pero poco realista. No es tan fácil distinguir el trigo y la cizaña. Queriendo arrancar el mal, podemos exterminar el bien. Jesús nos invita a algo que parece insensato: a tener paciencia como Dios la tiene. En este mundo, el bien y el mal no se pueden separar nítidamente, están destinados a crecer juntos, y así hasta el fin de los tiempos. Tenemos que evitar dos errores: primero, no aceptar serenamente la realidad de este mundo en el que el bien y el mal conviven; segundo, confundir el tiempo del crecimiento con el tiempo de la cosecha. Solo las personas maduras y espirituales tienen este aguante, saben soportar la tensión que supone convivir día a día con el mal sin ceder a sus insinuaciones, manteniendo una actitud lúcida y comprometida, renunciando a juicios sumarísimos en los que caen cabezas por doquier. Cuando abrimos los ojos, nos damos cuenta de que hoy y siempre hay personas y grupos que, con la mejor intención, promueven campañas para eliminar cuanto antes a quienes consideran “hierbas malas”: abortistas, defensores de la ideología de género, corruptos, tradicionalistas, etc. Jesús no se comportaría así porque Dios no se comporta así. Él tiene una paciencia divina: “Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos” (Sab 12,13).

Tras la parábola del trigo y la cizaña, que exhorta a la paciencia y a la confianza en que a Dios no se le escapa la historia de las manos, vienen las pequeñas parábolas del grano de mostaza y de la levadura. Ambas son una invitación a la esperanza que surge de la certeza de que en el Espíritu y en la palabra de Cristo –aunque insignificantes a los ojos del mundo– está presente la fuerza irresistible de Dios. No es necesario llegar a ser una realidad imponente. No es necesario convertir a todo el mundo, hacer de la Iglesia una institución poderosa, invadir todos los campos de la vida social. El Reino de Dios no procede por invasión sino  por transformación. Por si queréis profundizar más en este rico mensaje, os dejo con el vídeo de nuestro amigo Fernando Armellini, a quien ya echábamos de menos: 


sábado, 22 de julio de 2017

Apóstola de los apóstoles

El año pasado, tal día como hoy, le dediqué un post a mi amiga María Magdalena. Seamos precisos: a santa María Magdalena. No conviene quitarle su título de santa, aunque la novelística actual la quiera presentar solo como un personaje atractivo. La historia ha sentido fascinación por esta amiga y discípula de Jesús, por esta “apóstola de los apóstoles”. El interés no ha decaído. Pensando en ella y en su especial relación con Jesús, he recordado unas líneas que escribí hace algunos años. Son pura ficción literaria, pero construida a partir de muchos testimonios y experiencias reales. Imaginaba el encuentro entre dos célibes jóvenes (un religioso y una religiosa) en el incomparable marco de la Plaza Mayor de Salamanca. Ambos son amigos. Es probable que en algún momento hayan sentido una atracción mutua que ha puesto a prueba la verdad, solidez y belleza de su voto de castidad. No es necesario cerrar los ojos sino, más bien, abrirlos bien para aprender a interpretar esta gramática afectiva. Jesús no rehuyó la amistad de María Magdalena sino que la transformó en una preciosa historia de seguimiento. Cuando dos corazones se abren a un Amor mayor, todo se trasciende. Parece pura poesía, pero es la verdad de la vida. Os dejo con el relato.


Está atardeciendo. Las luces dan a la piedra de la Plaza Mayor su inconfundible toque dorado. Él tiene 24 años y viste así: zapatillas deportivas marca Reebok, vaqueros desgastados en el último campamento y una camiseta de algodón sin planchar en la que se lee: “Think globally, act locally”. Profesó hace algún año en una orden de solera. Cursa tercero de teología. Ella tiene 23 y viste exactamente igual, sólo que la camiseta sí está planchada y lleva el pelo recogido con un pañuelo malva. Profesó hace un par de años y está terminando Trabajo Social.
Han pedido dos cervezas y hablan sobre los proyectos que cada uno tiene para el nuevo curso. Ella fuma despacio. Él lo dejó la primavera pasada. Lo que se oye por fuera no es llamativo: comparten críticas respecto de la marcha de sus institutos, comentan algunas anécdotas del verano, intercalan pequeños silencios de comunión y bromean sobre amigos comunes. Lo que sucede por dentro es de otro cariz. Es un diálogo de pensamientos que se entrecruza con el diálogo de palabras. Él echa una ojeada a la plaza y piensa: “¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué me siento bien con ella y no tengo ninguna gana de regresar a casa para las vísperas? ¿En qué nos distinguimos de esa pareja que está al lado? ¿En qué llevamos la cruz de la profesión debajo de la camiseta? ¿Pasaría algo si la besara (a la amiga, naturalmente, no a la cruz)? ¿Qué pensaría si me viera aquí el anciano P. Rodríguez?
Los pensamientos de ella no son muy diferentes: “Esto se parece mucho a lo que hacía antes. ¿En qué consiste el cambio? ¿Sólo en que lo considero un amigo y modero mis expresiones? ¿Por qué hay veces que me siento tan a gusto aquí, confundida con todos, y otras veces tengo la sensación de estar traicionando algo? ¿Quién ha introducido en mí está absurda división? ¿No seré víctima de un estilo de vida trasnochado? ¿Por qué habría de evitar esto si me siento yo misma, mucho más que en otros momentos de la vida comunitaria?
A punto han estado de poner palabras a los pensamientos, pero, al final, han preferido seguir con los temas de siempre. La cerveza se ha encargado de diluir la intimidad. Se ha hecho tarde y ya es hora de volver a casa. La piedra de la Plaza Mayor es ahora más bella y entrañable que nunca. La luna que ya se dibuja en el cielo oscurecido hace un guiño de complicidad”.
Bueno, no sé si esta historia resulta un poco pasada de moda. Quizá los jóvenes religiosos de hoy ya no llevan zapatillas Reebok (que entonces eran bastante caras) sino Adidas, Nike, Puma… o unas simples sandalias o chanclas. No sé si las jóvenes religiosas llevan el pelo recogido con un pañuelo malva o llevan un crucifijo colgado al cuello. Las circunstancias cambian, el desafío de fondo permanece. ¿Qué es lo que permite que un chico o una chica jóvenes renuncien a su amor de pareja para consagrar sus vidas a Dios y a los demás? ¿Cómo se canalizan de manera sana los impulsos afectivos y sexuales? ¿Qué significa un estilo de vida celibatario en una sociedad hipersexualizada como la nuestra? La sociología y la psicología pueden hacer sus aportes. Siempre son bienvenidos. Pero la razón última tiene que ver con una profunda experiencia espiritual. Solo el encuentro con Jesús y su causa (el Reino de Dios) pueden dar al corazón humano el sentido que busca. María Magdalena lo experimentó con una profundidad que recorre la historia.


viernes, 21 de julio de 2017

Sueños de una tarde de verano

Ha pasado un mes desde el comienzo del verano en el hemisferio norte. Es probable que muchos de los lectores de este Rincón estéis disfrutando de vuestras vacaciones en la playa, en la montaña o vaya usted a saber dónde. Yo permanezco todavía con las manos en el timón, a la espera de que soplen otros vientos. Roma se va quedando cada vez con menos gente, aunque los turistas que se atreven a desafiar el calor reemplazan en parte a los nativos. Esto se nota más en las zonas del centro histórico que en el barrio en el que vivo. Hay como un suave sopor que lo invade todo a partir de las 11 de la mañana. Por eso yo prefiero las horas del amanecer para ser persona; el resto del día lo sobrellevo como puedo, a veces reduciéndome a mi condición mineral y dosificando los esfuerzos. Como es lógico, la vida no se detiene porque estemos en verano. Por otra parte, un amigo mío que vive en San Carlos de Bariloche (Argentina) me dice a través de Facebook que en esa ciudad austral tienen “mucha nieve y frío, algunas dificultades, pero no murió nadie”. Está claro que nunca nieva o hace sol a gusto de todos.

Bueno, meteorología aparte, hoy hace 48 años que, a las 2:56 (hora internacional UTC), Neil Armstrong, comandante de la misión Apolo 11, pisó la superficie lunar; poco después lo hizo Edwin E. Aldrin. Yo me encontraba haciendo un campamento en las montañas del norte de León. No pude ver por televisión la retransmisión de ese acontecimiento histórico, pero recuerdo cómo esa mágica noche todos mirábamos a la luna sentados alrededor del fuego. Era una noche clara y fresca. Hay recuerdos que se quedan grabados para siempre. Tampoco pude ver ese día -¡vaya coincidencia!- el momento en el que Francisco Franco presentó ante el Consejo del Reino la designación de Juan Carlos I como sucesor al trono de España. Pero hay muchas más cosas que sucedieron un día como hoy. Diez años más tarde, en 1979, el español Severiano Ballesteros ganó el Open británico, el torneo de golf más prestigioso del mundo. Y, para añadir un toque arquitectónico, conviene recordar que el 21 de julio de 2007, el rascacielos Burj Khalifa superó al que entonces era el edificio más alto del mundo, el Taipei 101, que tuve la suerte de visitar en enero de 2012.

De todos estos acontecimientos, el que más impacto tuvo fue, sin duda, la llegada del ser humano a la luna. En palabras de Armstrong, se trató de one small step for a man; one giant leap for mankind (un pequeño paso para un hombre; un salto gigante para la humanidad). Todavía hay mucha gente que cuestiona la realidad de este hecho. Creen que fue un montaje propagandístico de los Estados Unidos en un momento en el que las derrotas en la guerra de Vietnam, que en conjunto le costó casi 60.000 muertos al país, estaba minando su autoestima. Aducen toda clase de pruebas. No seré yo quien las desmienta o ratifique. No tengo competencia para ello. Algunas suenan bastante convincentes, pero me cuesta creer que la comunidad científica internacional sea víctima de un espejismo de este calibre. Aunque ya se sabe que en verano… todo puede suceder.

Lo mejor es tomar distancia, prepararse una bebida refrescante, coger un libro y emprender otro tipo de vuelo menos tecnológico pero más apasionante. No hay nada mejor que un buen libro para poner en marcha “los sueños de verano”. Todavía no he elegido los que voy a devorar durante los días de vacaciones. Se admiten sugerencias. Aunque puede suceder que otros muchos acontecimientos me impidan dedicar tiempos prolongados a la lectura. Si hay que escoger entre un encuentro con alguien querido y la lectura de una novela, no tengo duda. La realidad prima sobre la ficción. Entre un buen paseo y un buen libro… tengo mis dudas. Me inclino por el primero. El libro siempre puede esperar; los paseos tienen su momento. Bueno, lo dejo aquí. Es evidente que hoy no tengo un tema caliente como ayer. Todo obedece al desvarío de una amodorrada tarde de verano.

jueves, 20 de julio de 2017

Dinero y poder, cóctel letal

Mi regreso a Roma ha estado marcado, una vez más, por noticias que tienen que ver con el virus de la corrupción. A la detención de Ángel María Villar -presidente de la Federación Española de Fútbol- siguió la noticia de la muerte de Miguel Blesa -expresidente de Caja Madrid- en una finca de Córdoba. Ambos están relacionados con diversos casos de corrupción. A ambos quiero aplicarles un criterio que las Constituciones de mi Congregación prescriben para cuando hay que afrontar un caso de infidelidad: “Excusen la intención aun cuando no puedan justificar la obra”. No me corresponde a mí juzgar la conciencia de estas dos personas. Pero parece que algunas de sus acciones estuvieron marcadas por la corrupción. Más allá de estos casos singulares, que se unen a los muchos otros que se van conociendo (y algunos juzgando), me importa reflexionar sobre la cuestión de fondo: ¿Por qué somos corruptos? ¿Por qué el dinero y el poder constituyen drogas tan poderosas? ¿Por qué muchas personas se sienten tentadas de beber este peligroso cóctel a sabiendas de que solo conduce a la autodestrucción, el descrédito social y en ocasiones a la muerte? No sé cuántas veces he abordado este tema en el blog. Reconozco que es casi una obsesión. Creo que la última fue el pasado 24 de abril. La actualidad me empuja a volver a la carga.

La lucha contra la corrupción tiene que ver, en primer lugar, con los valores y la conciencia. Si la verdad y la justicia son sustituidas por la mentira y el afán de dominio, no cabe esperar más que avidez y engaño. En tiempos de la maldita posverdad, todo es permisible con tal de lograr lo que uno se propone. Que se lo pregunten a Mr. Trump, el mentiroso. Pero tiene que ver también con el ambiente social y con las instituciones. La corrupción abunda porque el ambiente social es proclive a ella, porque se nos ha inoculado el virus de que para ser alguien hay que ser rico pronto y como sea. Muchas personas se guían por este falso principio. Aspiran a escalar puestos en la escala social porque intuyen que así tendrán más posibilidades de medrar. La dinámica es siempre la misma: aprovecharse de las oportunidades que otorga el cargo o la situación para enriquecerse o ganar cotas de poder, aunque esto suponga falsificar, engañar y practicar toda suerte de ingenierías financieras y fiscales con apariencia legal. La corrupción es una estafa a la sociedad y, sobre todo, a los más pobres, que son quienes más dependen de la solidaridad de todos. El dinero de los impuestos debería ir destinado. sobre todo, a cubrir las necesidades básicas de quienes no se bastan por sí mismos, no a llenar los bolsillos de quienes ya tienen más de lo necesario. Parece algo elemental, pero todavía no forma parte de nuestra mentalidad.

Por eso es tan necesario promover desde niños una cultura de la verdad, la transparencia, la justicia y la solidaridad, de modo que cualquier caso de corrupción represente una sombra inaceptable y repugne moralmente. ¡Basta de aplaudir a los sinvergüenzas! ¡Basta de proponer modelos de vida basados en la apariencia, el lujo y el derroche! Necesitamos aprender a ser transparentes y responsables de lo que hacemos, a dar cuenta de nuestra gestión, sobre todo cuando se trata de manejar dinero público. También necesitamos dotarnos de instituciones fuertes que impidan o dificulten mucho los comportamientos corruptos y que, en caso de que se produzcan, actúen con eficacia para castigarlos. Los países y organizaciones que poseen este tipo de instituciones no dependen tanto de los comportamientos individuales. Desarrollan leyes, normas y prácticas de higiene democrática que, poco a poco, crean una cultura de la honradez. No se comprende, por ejemplo, cómo en los estatutos de la Federación Española de Fútbol no haya un artículo que impida permanecer en el cargo de presidente más de dos o tres períodos.

¿Por qué solo las personas sencillas han descubierto que no hay nada más satisfactorio que una conciencia tranquila? ¿De qué sirve exhibirse con un coche de alta gama, veranear en Sotogrande o hacer un crucero por el Caribe si todo eso es producto de la injusticia? ¿Qué satisfacción puede sentir un ser humano en disfrutar de lo obtenido con engaño? No hace falta ser una persona muy espiritual para caer en la cuenta de que el cóctel dinero-poder (al que a menudo se añade el ingrediente del sexo), seductor como pocos, es también el más letal de todos. Basta vivir a ras de suelo, abrir los ojos, examinar la trayectoria de las personas felices y las desgraciadas, avivar la conciencia. Sueño con una generación de jóvenes que, hartos de esta cultura podrida, adobada a veces con ingredientes religiosos, reivindiquen las cosas más sencillas y más necesarias para el ser humano, las que lo hacen feliz en cualquier circunstancia: la verdad, la bondad y la belleza. Los trascendentales del ser siguen siendo la brújula que nos indica el camino correcto. Todo lo que vaya en la dirección de la mentira, la maldad y la fealdad solo puede acabar en el estercolero de la vida, aunque a veces produzca algunos beneficios efímeros que tanto tientan a muchas personas, aparentemente listas, pero, en el fondo, ridículamente ingenuas. 


lunes, 17 de julio de 2017

Emociones al rojo vivo

Tenía ganas de disponer de un tiempo tranquilo tras diez días sin pausa. Me viene a la memoria uno de esos dichos africanos que a los naturales de este continente les gusta recordar cuando un europeo se pone un poco nervioso ante su falta de puntualidad: “Vous avez la montre, nous avons le temps” (Vosotros tenéis el reloj, nosotros tenemos el tiempo). Bueno, pues ahora tengo las dos cosas: mi reloj con la hora de Centroeuropa y un tiempo disponible sin más preocupación que teclear estas líneas. Estoy sentado en la sala de espera del aeropuerto internacional de Libreville. Faltan dos horas para la salida de mi vuelo a París. Hasta que no llegue al enjambre de Charles de Gaulle no podré colgar este post. Lo escribo el domingo por la noche, pero no aparecerá hasta el lunes 17. Se me agolpan tantos temas que no sé cuál escoger. Dejaré que el teclado del ordenador siga su inspiración. El aire acondicionado del local ayuda a escribir sin el peso del calor exterior, aunque mucho me temo que cuando llegue a Roma me voy a encontrar con temperaturas que superan con mucho los 25 grados de Libreville. Parece que me he librado de una de esas olas que irrumpen con fuerza cada verano.

Esta mañana he presidido una eucaristía de dos horas y media en la parroquia de Notre Dame des Victoires. No ha faltado de nada: una coral espléndida, un ejército de monaguillos perfectamente organizados, el equipo de fútbol parroquial con la copa recién ganada, casi todos los claretianos que trabajan en Gabón y mucha gente que –como subrayé el domingo pasado a propósito de la celebración en Okondja– ha disfrutado con la misa. Hemos hecho un recuerdo especial del 168 cumpleaños de la congregación claretiana. No deja de resultar llamativo que lo que comenzó con seis personas jóvenes en un rincón de Cataluña haya llegado hasta aquí y otros 65 países en todo el mundo. La comida, preparada por los laicos de la parroquia, y la larga sobremesa amenizada con música y bailes, ha sido un colofón extraordinario. Los africanos son maestros en el arte de la fiesta compartida. A pesar del cansancio acumulado, he aprovechado para saludar a unos y otros y agradecerles su espléndida colaboración.

Y ahí, en medio de la música ruidosa, es donde se ha encendido una pequeña luz roja. ¿Cómo es posible que los mismos que comen, cantan y bailan vivan, en otros ambientes, experiencias de incomunicación, celos, tensiones, zancadillas…? Hay un gran décalage entre la vida pública y la privada. A veces pareciera que se trata de personas distintas. En público, los africanos son hospitalarios, comunicativos, generosos, grandilocuentes, amantes de los discursos melodramáticos, contadores de historias divertidas e instructivas. Pero luego, en la vida cotidiana, se dejan dominar demasiado por los intereses tribales o étnicos, la búsqueda obsesiva del dinero y el poder, la mentira como herramienta amoral y la pasión por la maledicencia y hasta la calumnia. He tenido ocasión de comprobarlo una vez más. He acumulado más problemas de los que uno puede digerir sin perder la confianza en la humanidad. Me cuesta mucho aceptar que la gente, en vez de expresar con franqueza su punto de vista, me diga obsequiosamente Oui, père, halague mis oídos, y luego haga lo contrario. A pesar de mis muchos viajes a África, no logro entender el flujo oscuro que determina muchas actitudes y conductas. Se me escapan los matices y las estrategias; por eso, a veces pierdo la paciencia, a pesar de que un amigo congoleño cada vez que vengo por aquí me recuerda siempre el mismo dicho: “Las grandes virtudes africanas son tres: la primera, la paciencia; la segunda, la paciencia; la tercera, la paciencia”. Sobran comentarios.

La distancia que me otorga este no-lugar que es la sala de espera de un aeropuerto me permite reposar un poco las vivencias para no ser víctima de las emociones de última hora. Mi amigo congoleño tiene razón. Solo la paciencia permite no quedar atrapado por las experiencias cotidianas, tener una mirada larga y no perder la esperanza. Se va haciendo camino, pero se requiere una actitud de mutua aceptación, de búsqueda sincera de la verdad, de humildad para aprender y enseñar, de clarificación de conceptos y vocablos, de exploración conjunta de estrategias, de recomenzar cada vez que los obstáculos bloquean el camino. África es un taller permanente de humanidad. Es como un viaje a las emociones primarias (tanto positivas como negativas) sin la sofisticación con que otras civilizaciones las han enmascarado. Por eso, a pesar del posible desconcierto, África siempre hace bien.


jueves, 13 de julio de 2017

Problemas, problemitas y problemones

Estoy de nuevo en Libreville, la capital de Gabón. Este país africano, con sus enormes selvas tropicales, es uno de los grandes “pulmones verdes” del planeta. Viajando en avión de hélice se contempla la masa interminable de vegetación y los meandros de algunos ríos caudalosos. Los días pasados en Franceville, Akieni y Okondja han estado llenos de encuentros. Pero hay algunos que han dejado una huella especial. El domingo por la tarde visité varios poblados de la zona de Okondja. Vi de cerca cómo vive la gente pobre. Vi sus cabañas de madera cubiertas con planchas de cinc, sus pequeñas plantaciones de mandioca y plátano, sus capillitas elementales. En medio de ese ambiente sencillo, me impresionó una anciana ciega cuyo nombre ignoro. En su situación, es probable que otras personas estuvieran desesperadas. Ella mostraba una serenidad y una alegría inexplicables. No me gusta poner fotos personales en este Rincón. Y menos de personas conocidas. Tampoco prodigo las fotos en Facebook. Me parece una exhibición innecesaria, aunque respeto a quienes les gusta retransmitir su vida por las redes sociales. Hoy, sin embargo, voy a hacer una excepción. Voy a poner la foto que un compañero tomó con mi móvil a petición mía. En ella aparecemos la anciana ciega, algunos niños correteando con expresiones de asombro ante un hombre blanco y yo mismo. Tomé la mano derecha de la anciana. La apreté suavemente. Yo no podía hablar en su lengua. Ella no hablaba ni entendía francés. A través de ese gesto sencillo quise transmitirle toda mi cercanía. Ella acababa de recibir la comunión. Era su gran deseo. No esperaba ni vestidos nuevos ni siquiera comida. Esperaba a Jesús. Y Jesús se quedó con ella.

Agarrado a su mano débil, sin que me diera tiempo a reaccionar, sentí que a menudo estamos viviendo en un mundo falso. Las personas que tienen a su alcance casi todo para ser felices se inventan problemas. Situaciones normales (como engordar un par de kilos, escuchar un comentario crítico, no disponer de internet o recortar algún día las vacaciones) se convierten en grandes problemas. Tanto en las familias como en las comunidades religiosas podemos quedar atrapados por minucias que complican la vida innecesariamente. Los problemitas se convierten en problemones que ponen en marcha dinámicas destructivas y absurdas. De poco sirven los consejos psicológicos. No hay mejor terapia que afrontar problemas de verdad, vivir situaciones en las que uno se juega la vida y la muerte. Cuando uno está cerca de personas que apenas tienen lo imprescindible para la subsistencia y, a pesar de ello, no se desesperan, no engrosan las filas de los ricos depresivos, entonces comprende hasta qué punto la mayor parte de nuestros problemas cotidianos son solo problemitas de gente satisfecha. La vida cómoda nos vuelve débiles y susceptibles.

La mano arrugada de la anciana, la expresión neutra de los ojos provocada por la ceguera, su voz apagada pero firme, su saber estar, me sacaron un poco de mis casillas. Es imposible volver a casa como si no existieran personas como ella, como si uno pudiera vivir ignorando que millones de seres humanos viven en condiciones miserables. La tentación inmediata de muchos misioneros y voluntarios es la de proveerles de lo que está al alcance de su mano: pozos de agua, casitas de cemento, placas solares, etc. Son signos eficaces de solidaridad, pero me parece que lo que más valoran estas personas no es la irrupción de miembros de una ONG con un proyecto bajo el brazo, sino el acompañamiento diario, cercano, de personas que han decidido caminar junto a ellas, que han entregado sus vidas para que ellas puedan ir haciendo su propio camino. Cuando veo a mis hermanos visitando estos poblados de manera regular, entrando en las cabañas de la gente, hablando con ellos en la lengua local, llamando a las personas por su nombre, comprendo que merece la pena. Estas historias no tienen la espectacularidad de un proyecto de traída de agua, no hay placas de ONGs ni logos. Todo se desarrolla en el anonimato. Pero me parece que es así como Jesús saldría al encuentro de la anciana ciega y de todos sus paisanos de poblado. No hay mayor revolución que la de la ternura. Sus efectos son profundos, transformadores y duraderos.