Claret

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sábado, 20 de enero de 2018

Tu luz nos hace ver la luz

A las cuatro de la tarde de ayer había ya un buen grupo de personas en la basílica de Santa María la Mayor. Un poco antes de las cinco hicieron su entrada el rey Juan Carlos I de España y su esposa la reina Sofía, acompañados por diversas autoridades civiles y eclesiásticas. No hubo aplausos. La basílica estaba iluminada con una luz tenue. Dentro hacía frío. A las cinco en punto, una locutora de Radio Vaticana saludó a todos los presentes e hizo la presentación del programa. El acto se abrió con un Cantate Domino interpretado por el Coro de la Capilla Liberiana, que es el coro de la basílica. A partir de ese momento, y a lo largo de 75 minutos, se fueron alternando las intervenciones orales y las piezas musicales interpretadas por la soprano Ainhoa Arteta. Hablaron, en breves parlamentos, el cardenal arcipreste de la basílica, el polaco Stanisław Ryłko, en un impecable italiano; el cardenal español Santos Abril, anterior arcipreste y promotor de la obra que se inauguraba; el presidente de la Fundación Endesa, el español Borja Prado Eulate; y, por último, el rey Juan Carlos que, alternando el italiano y el español, recordó que había nacido en Roma hacía 80 años y que, siguiendo la tradición de la Casa Real Española, se sentía muy unido a esta basílica mariana, la más antigua de Occidente dedicada a la Madre de Dios. Ainhoa Arteta, acompañada por el pianista Rubén Fernández Aguirre, interpretó temas de Mozart (Ave verum), César Franck (Panis angelicus), Pietro Mascagni (Ave Maria), Federico Mompou (Cantar del alma), Manuel de Falla (Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos) y de Richard Strass (Morgen).

¿Qué pintaba yo en un acto como ese? Fui invitado como representante institucional de mi Congregación Claretiana para asistir al acto de inauguración de la nueva iluminación de la Basílica, costeada por la Fundación Endesa. A pesar del frío ambiental, disfruté con los cantos de Ainhoa Arteta, con las breves intervenciones de los cuatro oradores y, sobre todo, con la contemplación de una basílica hermosísima. Parece que con el nuevo sistema LED, aparte de ver mejor las joyas artísticas que la basílica encierra, será posible ahorrar casi un 80% de energía. Al acto en Santa María la Mayor siguió una recepción en la Embajada de España ante la Santa Sede, en el monumental Palacio de España. Éramos unas 200 personas. Pude conversar unos instantes con los reyes Juan Carlos y Sofía. Pero lo más importante es que, acompañado por otro claretiano, que había sido párroco en nuestra basílica del Corazón de María de Roma, pudimos entregar al rey Juan Carlos las fotocopias de los certificados de Bautismo de él y de sus hermanos Margarita y Alfonso, dado que están registrados en los archivos parroquiales. Para el rey Juan Carlos fue toda una sorpresa, que agradeció emocionado. Aunque fue bautizado por el cardenal Eugenio Pacelli (futuro Pío XII) en el oratorio que la Orden de Malta tiene en Via Condotti, el registro se hizo en nuestra parroquia del Corazón de María, dado que el domicilio familiar (Viale Parioli 122) quedaba dentro del territorio parroquial. 

Regresando a casa, entrada ya la noche, pensé en el significado de lo que había sucedido. Iluminar una basílica es una forma de dar esplendor a una obra memorable, facilitar la experiencia de Dios a través de la via pulchritudinis y, en definitiva, contribuir a que visitantes y peregrinos disfruten de un hermoso patrimonio histórico que se remonta al siglo IV. Fue el papa Liberio quien mando construir la basílica sobre el monte Esquilino. ¡Ojalá la nueva iluminación haga realidad las palabras del salmo 35: Tu luz nos hace ver la luz! ¡Ojalá muchas personas se sientan iluminadas por dentro al contemplar la sugestiva iluminación exterior! Pero confieso que, mientras se encendía el nuevo alumbrado, yo pensaba en las familias más pobres que apenas puedan pagar las facturas de la luz, en aquellas a las que, por impago, se les corta el suministro. ¿No estaría más contenta la Virgen si, además de ornamentar su basílica, se atendieran estas perentorias necesidades sociales? Una cosa no quita la otra. La belleza no está reñida con la justicia, pero me temo que con frecuencia el fiel de la balanza se inclina hacia el lado más vistoso y no hacia el más necesario. Las compañías eléctricas no se distinguen por aplicar tarifas bajas, aunque haya también algunos bonos sociales. La Salus Populi Romani iría mucho más lejos. Una madre no puede permitir estar rodeada de joyas cuando algunos de sus hijos carecen de lo imprescindible para vivir. Conviene recordarlo en medio de una experiencia hermosa como la que ayer vivimos.  La iluminación que más le agrada a la Virgen es ver que sus hijos e hijas más pobres disponen de electricidad para atender a sus necesidades. En esta línea hay que insistir mucho más, sin despreciar el cuidado del patrimonio. Buen fin de semana.



viernes, 19 de enero de 2018

Más vale sonreír

Hoy ha salido un día lluvioso, pero no frío. Parece más de otoño que de invierno. La prensa se hace eco del viaje del papa Francisco a Perú, tras su complicado paso por Chile. Como es natural, ha llamado la atención el matrimonio celebrado a bordo entre dos tripulantes del avión papal. Reconozco que también yo me he sorprendido, pero no quiero hacer ningún comentario. Después de abogar con fuerza por el Brexit, al extravagante Boris Johnson se le ocurre ahora proponer la construcción de un puente que una el Reino Unido y Francia. Por su parte, el incombustible Steven Spielberg estrena película -Los archivos del Pentágono- y regala uno de esos titulares que facilitan el trabajo de los periodistas: “La verdad nunca pasará de moda”. Lo dice en un tiempo en el que se está imponiendo la posverdad; es decir, la mentira envuelta en papel celofán. Yo ando un poco liado con diversas tareas y preparativos, así que mi entrada de hoy será brevísima. Os dejo con un impresionante salmo responsorial, cantado con energía y ritmo, algo parecido a lo que estamos acostumbrados a escuchar en nuestras iglesias cada domingo.


jueves, 18 de enero de 2018

La batalla del Mediterráneo

Hace un par de meses escribí desde Kenia sobre la tumba mediterránea. Se me hacía duro comprobar que un día tras otro, decenas, centenares de africanos morían ahogados en las aguas del Mediterráneo. El idílico mar cantado por Joan Manuel Serrat se estaba convirtiendo en un inmenso cementerio. No es la primera vez que sucede. A lo largo de la historia, este Mare Nostrum se ha tragado a miles de personas: pescadores, soldados, bañistas, aventureros, peregrinos... Se han producido naufragios de embarcaciones endebles, de petroleros, de cruceros de lujo, guerras sin fin… Pero ahora se está librando una batalla más inhumana si cabe. No es la batalla por el dominio de sus aguas y sus costas −como sucedió en tiempos remotos (fenicios, griegos, cartagineses, romanos, turcos, cristianos…) o más actuales (alemanes, ingleses, norteamericanos…)− sino la batalla por la supervivencia. Miles de personas siguen huyendo de África, acosadas por la guerra, el hambre, los desastres naturales, la falta de trabajo, los conflictos étnicos y tribales, la persecución política y religiosa, la esclavitud, etc. Es imposible acostumbrarse a la sucesión de imágenes y noticias. En España, unas 16.000 personas alcanzaron las costas en los diez primeros meses de 2017, que se suman a las cerca de 5.000 que cruzaron la frontera en las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, muchas de ellas saltando las respectivas vallas. Aquí en Italia la situación es mucho más alarmante. A lo largo de 2017 desembarcaron 119.247 personas, el 74% hombres, pero también un 14% de menores. Las estadísticas ofrecen datos concretos, pero las cifras no son suficientes para hacernos cargo de este desafío y, sobre todo, para propiciar un cambio de mentalidad: pasar de la indiferencia a la preocupación, de la preocupación a la solidaridad y de la solidaridad a un nuevo estilo de vida más justo y responsable.

El pasado domingo celebramos la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Es verdad que la proliferación de jornadas mundiales y días internacionales puede acabar anestesiándonos. Pero también es verdad que no podemos poner a la misma altura el drama de los migrantes y refugiados y el día internacional del gato. En su mensaje de este año, el papa Francisco nos recuerda que “cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo, que se identifica con el extranjero acogido o rechazado en cualquier época de la historia (cf. Mt 25,35.43)”. Para que este encuentro se traduzca en actitudes y conductas concretas, el Papa nos propone conjugar cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar. Cada uno de ellos constituye una etapa de un itinerario de humanización: 
  • Acoger significa “ampliar las posibilidades para que los emigrantes y refugiados puedan entrar de modo seguro y legal en los países de destino”. Cuando las vías legales se complican en exceso, cuando apenas se consiguen visados por motivos humanitarios y por reunificación familiar, entonces las mafias encuentran un terreno abonado para, en connivencia con algunas autoridades corruptas de los países receptores, explotar a los inmigrantes y lucrarse a costa de su indigencia.
  • Proteger implica también acciones muy concretas. La protección “comienza en su patria y consiste en dar informaciones veraces y ciertas antes de dejar el país, así como en la defensa ante las prácticas de reclutamiento ilegal. En la medida de lo posible, debería continuar en el país de inmigración, asegurando a los emigrantes una adecuada asistencia consular, el derecho a tener siempre consigo los documentos personales de identidad, un acceso equitativo a la justicia, la posibilidad de abrir cuentas bancarias y la garantía de lo básico para la subsistencia vital”. Estamos hablando de personas humanas. Aun cuando en muchos casos su entrada sea ilegal, según las normas vigentes, nunca deben ser tratadas como objetos.
  • Promover quiere decir esencialmente “trabajar con el fin de que a todos los emigrantes y refugiados, así como a las comunidades que los acogen, se les dé la posibilidad de realizarse como personas en todas las dimensiones que componen la humanidad querida por el Creador”. Promover, en definitiva, significa brindar oportunidades y ofrecer los medios que permiten a las personas crecer y desarrollarse con autonomía. No se trata de ejercer un constante paternalismo, sino de proporcionar las herramientas que permite el propio desarrollo.
  • Integrar significa ofrecer “oportunidades de enriquecimiento intercultural generadas por la presencia de los emigrantes y refugiados”. Pero no hay que olvidar que la integración no es “una asimilación, que induce a suprimir o a olvidar la propia identidad cultural. El contacto con el otro lleva, más bien, a descubrir su secreto, a abrirse a él para aceptar sus aspectos válidos y contribuir así a un conocimiento mayor de cada uno. Es un proceso largo, encaminado a formar sociedades y culturas, haciendo que sean cada vez más reflejo de los multiformes dones de Dios a los hombres”. El mundo está pasando de sociedades homogéneas, replegadas sobre sí mismas, a sociedades heterogéneas, abiertas, en contante transformación.

Europa vivió momentos de mayor capacidad integradora. En los últimos años, ante la avalancha de inmigrantes y refugiados, está creciendo el sentimiento xenófobo y etnocéntrico. Hay incluso algún partido político en Italia que, en vista de las próximas elecciones generales, dice que “hay que preservar la raza blanca”, como si esta raza −que los norteamericanos suelen llamar caucásica, aunque no son expresiones sinónimas− fuera una especie en peligro de extinción o el mestizaje no condujese a nuevas formas de desarrollo humano. Lo que tendemos a olvidar, porque no nos interesa asumirlo, es que muchos de los problemas que están produciendo el éxodo masivo de africanos hacia Europa han sido causados, directa o indirectamente, por los mismos europeos. Fallidos procesos de descolonización, explotación de los recursos naturales de los países africanos en connivencia con las élites corruptas locales, falta de inversiones que promuevan el desarrollo integral, etc. están detrás de lo que ahora vivimos. Naturalmente, hay muchos otros factores, que tienen que ver con catástrofes naturales, intereses geoestratégicos, falta de formación, etc. Al mismo tiempo, como gotas de agua solidaria en un desierto de miseria, muchas instituciones y organizaciones (incluyendo la Iglesia católica), tanto en África como en Europa y otros lugares del mundo, están trabajando para revertir la situación. Hay un rostro samaritano (que atiende a las necesidades en el lugar en el que se producen) y un cerebro que trata de influir en las políticas globales y locales para África. Las semillas de humanidad acabarán produciendo su fruto.




miércoles, 17 de enero de 2018

Centinelas del Absoluto

Hoy recordamos a san Antonio abad, uno de los santos más populares entre los católicos. Muchos lo consideran el protector de los animales, un santo milagrero o un inventor de ritos populares. De hecho, su fiesta se celebra en numerosos pueblos. Pero Antonio fue mucho más que todo eso. Vivió a caballo entre el siglo III y el IV. Murió con más de cien años. El relato de su vida -la Vita Antonii, escrita por san Atanasio de Alejandría- ha sido a lo largo de los siglos una especie de manual para quienes querían abrazar la vida eremítica. No hay nada más instructivo que la vida ejemplar de quienes han vivido a fondo la existencia humana. No hay mejor libro que una vida auténtica. No es fácil acercarse a la vida de un eremita desde nuestra cultura urbana. Por extraño que parezca, también hoy, en pleno siglo XXI, existen eremitas de diverso signo. Algunos son hombres y mujeres religiosos que buscan a Dios en el silencio. Otros son profetas del anti-consumismo, deseosos de huir de la sofisticación actual. En todos los casos valoran la soledad y un estilo de vida sobrio. Hace menos de dos meses escribí sobre una película reciente que narra la experiencia eremítica de un joven ejecutivo francés en los bosques de Siberia.  Pero se podría escribir también sobre los muchos eremitas que no se van lejos, que están a nuestro lado, porque los eremitas de hoy viven en la ciudad.

¿Por qué un hombre o una mujer deciden huir del ruido y vivir en la soledad y el silencio? El recuerdo de la experiencia de san Antonio puede darnos algunas pistas. San Atanasio cuenta así el origen de la vocación del santo egipcio eremita:

“Después de la muerte de sus padres quedó solo con una única hermana, mucho más joven. Tenía entonces unos dieciocho o veinte años, y tomó cuidado de la casa y de su hermana. Menos de seis meses después de la muerte de sus padres, iba, como de costumbre, de camino hacia la iglesia. Mientras caminaba, iba meditando y reflexionaba cómo los apóstoles lo dejaron todo y siguieron al Salvador (Mt 4,20; 19,27); cómo, según se refiere en los Hechos (4,35-37), la gente vendía lo que tenía y lo ponía a los pies de los apóstoles para su distribución entre los necesitados; y que grande es la esperanza prometida en los cielos a los que obran así (Ef 1,18; Col 1,5). Pensando estas cosas, entró a la iglesia. Sucedió que en ese momento se estaba leyendo el pasaje, y se escuchó el pasaje en el que el Señor dice al joven rico: “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y dáselo a los pobres; luego ven, sígueme, y tendrás un tesoro en el cielo” (Mt 19,21). Como si Dios le hubiese puesto el recuerdo de los santos y como si la lectura hubiera sido dirigida especialmente a él, Antonio salió inmediatamente de la iglesia y dio la propiedad que tenía de sus antepasados: 80 hectáreas, tierra muy fértil y muy hermosa. No quiso que ni él ni su hermana tuvieran ya nada que ver con ella. Vendió todo lo demás, los bienes muebles que poseía, y entregó a los pobres la considerable suma recibida, dejando sólo un poco para su hermana”.

Seguimos necesitando vocaciones un poco anormales que nos mantengan despiertos. Los eremitas son como centinelas que nos recuerdan por donde sale el sol de Dios en medio de nuestras noches. De lo contrario, la fe en Jesús se vuelve tan normal que acaba perdiendo todo sabor. Llega un momento en el que uno se pregunta si vale la pena seguir creyendo en Dios para luego llevar una vida normal como la de quienes no creen. La fe ha tenido siempre una dosis de heroísmo porque no se acomoda, sin más, a ningún tiempo. Acepta todos y los supera. 

martes, 16 de enero de 2018

Hasta luego, Lucas

Creo que la expresión la acuñó hace años el recordado Chiquito de la Calzada. A mí me sirve para ponerla en labios de los jóvenes nacidos a partir de 1995 (la llamada generación Z) y que se han desenganchado de la Iglesia y de la religión. Me ha hecho pensar en esto un breve artículo del obispo estadounidense Robert Barron, auxiliar de Los Angeles,  titulado The Least Religious Generation in U.S. History (“La generación menos religiosa de la historia de los Estados Unidos”). Parte de la investigación realizada por la psicóloga Jean Twenge en su libro iGen, que lleva un larguísimo y provocador subtítulo: Why Today’s Super-Connected Kids Are Growing Up Less Rebellious, More Tolerant, Less Happy--and Completely Unprepared for Adulthood--and What That Means for the Rest of Us. O sea, en román paladino: Por qué los niños súper conectados de hoy en día crecen menos rebeldes, más tolerantes, menos felices y completamente faltos de preparación para la edad adulta, y lo que eso significa para todos nosotros. Reconozco que me falta experiencia directa. Hace muchos años que no trabajo con este sector infantil y juvenil. Por eso, no me fío de mis impresiones superficiales. Prefiero partir de algunos análisis objetivos hechos por personas que han estudiado el asunto, aunque, contradiciendo un poco lo anterior, lo que Twenge dice de los Estados Unidos hace tiempo que lo vengo intuyendo, más agudizado si cabe, en nuestra vieja Europa.

Twenge sostiene, con datos empíricos, que los niños y jóvenes de la generación iGen (es decir, de aquellos que han nacido ya con un teléfono inteligente o una tableta en la mano) están madurando mucho más lentamente que los jóvenes de generaciones anteriores. Estos últimos deseaban salir cuanto antes de su casa y emanciparse. A los de la generación iGen les gusta quedarse en casa con sus padres todo el tiempo posible, como si tuvieran miedo de ser adultos. Por otra parte, los teléfonos inteligentes los han encerrado en un mundo muy curvado sobre sí mismo. Muchos adolescentes y jóvenes prefieren enviar mensajes de texto a sus amigos antes que salir con ellos y hablar cara a cara. Parece que dos consecuencias claras de esta introversión inducida, de esta adicción a la pantalla, son la falta de habilidades sociales (muchos ni siquiera saben saludar o mantener una conversación prolongada) y la depresión. Por lo que respecta a su actitud ante la religión y la espiritualidad, la conclusión de Twenge, después de manejar tablas comparativas con generaciones anteriores, es descorazonadora: “La desvinculación de las generaciones jóvenes de la religión no se reduce solo a su desconfianza hacia las instituciones, sino que están desconectando completamente de la religión, incluso en sus corazones”. Por tanto, no es solo un problema institucional (desapego de las iglesias), sino intelectual y afectivo (indiferencia ante el hecho religioso o claro rechazo).

¿Por qué se ha producido esto? Twenge señala tres causas principales. La primera es la preocupación -casi podríamos decir la obsesión- de la iGen por la libertad individual. Desde niños, han crecido en medio de un inmenso supermercado en el que había una tremenda variedad de opciones en todos los ámbitos, desde la comida y la ropa hasta los aparatos electrónicos y los estilos de vida. Todos los productos culturales que consumen (canciones, vídeos, películas) los empujan a creer en sí mismos y a seguir sus propios sueños. Esta excesiva preocupación por uno mismo y el acento exclusivo sobre la libertad individual no preparan para el ideal religioso, que implica la entrega a Dios y a su voluntad. La segunda razón que aparece en las encuestas es que, según ellos, la creencia religiosa es incompatible con una visión científica del mundo. O crees en Dios o crees en la ciencia. La mayoría se inclina por lo segundo sin mayores explicaciones, como por impulso natural. Las dos primeras razones son típicamente modernas. Coinciden con las objeciones que, con diferentes matices, se vienen haciendo en los últimos tres siglos. Es como si las hubieran recibido por herencia. La tercera, sin embargo, me resulta sorprendente. Es típica del siglo XXI. Para muchos jóvenes, el cristianismo no es creíble porque, según ellos, promueve actitudes contrarias a las personas homosexuales. Uno de los entrevistados por Twenge resumió así su postura: “Me estoy cuestionando la existencia de Dios. Dejé de ir a la iglesia porque soy gay y no quiero formar parte de una religión que critica a los homosexuales”. No se trata ya de las conocidas objeciones a la doctrina de la Iglesia en relación con la sexualidad en general, sino, de manera específica, a su actitud ante las personas homosexuales. ¿Qué significa esto?

No sé si los padres y educadores jóvenes suscriben las conclusiones del estudio de la profesora Twenge. Me gustaría conocer su opinión y abrir un debate sobre ellas. En cualquier caso, constituyen una llamada de atención. Hacen que nos despertemos de nuestro letargo y busquemos el modo de comprender mejor lo que está sucediendo. Más allá de los indicadores visibles, hay una corriente subterránea, de largo alcance, que determinará el futuro. No creo que debamos contentarnos con ofrecer recetas precocinadas a lo que vemos hoy. Necesitamos buscar, junto con ellos, una respuesta a sus interrogantes más profundos, a esa corriente de fondo que los mueve, sin que, a menudo, ellos mismos sean conscientes. Yo estoy convenido de que el mismo Jesús que conquistó el corazón de un pescador galileo, un soldado romano, un monje medieval, un pintor renacentista, un filósofo moderno, un misionero del siglo XIX o un político del siglo XX, puede cautivar a los jóvenes de esta generación interconectada. Es cuestión de encontrar las claves justas. Como dice la carta a los Hebreos: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8). Él sabe sorprendernos y llevarnos la delantera. A nosotros nos desaniman las encuestas y nos desorienta la novedad. Él “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). 



lunes, 15 de enero de 2018

De nieve, cielo y tierra

Aquí en Roma no suele nevar. La última nevada digna de tal nombre se produjo el 4 de febrero de 2012. Os pongo algunas fotos para que veáis que no miento. No hay Photoshop de por medio. Realidad, monda y lironda. El Coliseo cubierto de nieve pierde algo de su colosal magnificencia y se humaniza un poco. Estamos demasiado cerca del mar como para que nieve con frecuencia. Pero sé que el fin de semana pasado (es decir, ayer y anteayer) nevó en mi pueblo. No tanto como hace un par de semanas, pero lo suficiente como para que el paisaje se cubriera con un suave manto blanco. Enseguida evoqué muchos recuerdos de mi infancia. Los mayores dicen -y tienen razón- que ya no nieva como antes. Yo mismo fui testigo de nevadas que superaban el medio metro en el pueblo y duraban semanas. En las cumbres cercanas a los Picos de Urbión se podían alcanzar más de dos metros.

Siempre me he preguntado por qué me gusta tanto la nieve. O, mejor aún, el nevar. Prefiero el dinamismo del verbo a la quietud del sustantivo. De joven, lo achacaba al hecho de haber nacido en enero, pero hace muchos años que mi madre frustró mis sueños al informarme de que precisamente el día de mi nacimiento no nevó, aunque sí lo hizo los días siguientes, incluyendo el día de mi bautizo. En fin, contra factum non valet argumentum. Quienes viven en lugares de alta montaña pueden entender muy bien mi querencia. Nos pasa a la mayoría. Con la nieve, llega el misterio. Cuando comienza a nevar, el ritmo de la naturaleza se lentifica. Todo procede con calma, en una especie de adagio sostenido, como si la nieve quisiera apaciguar las tensiones del mundo. Se crea un silencio religioso, sugestivo. La temperatura se sitúa en torno a los cero grados. Si no hay celliscas turbadoras, el descenso suave de los copos produce una indescriptible impresión de paz. Se van desplomando con suavidad, como si no quisieran llamar la atención, pero acaban transformando todo, haciendo de la dura tierra una esponja. La nieve no es un mero maquillaje para tapar las miserias del suelo. Es agua que regenera y vivifica. A medida que pasan las horas, la nieve puede crear problemas de todo tipo, pero, mientras cae, es como si viniera justamente a lo contrario: a cubrir con un manto de serenidad nuestra agitada vida, puro ejercicio de relajación contemplativa.

Hay un himno litúrgico, propio del tiempo de Adviento, que me da la clave para entender este momento mágico. Una de sus estrofillas dice así: “Cuanta más nieve cae, / más cielo cerca”. Aquí está el quid del misterio. La nieve que desciende acorta la distancia entre el cielo y la tierra. Es como si los copos fueran ángeles diminutos que nos traen a la tierra los dones visibles del Dios invisible: paz, belleza, alegría, fraternidad, sosiego… Mientras caen, son perfectamente perceptibles, pero luego desaparecen, se van fundiendo unos con otros hasta crear una capa tersa y blanquísima. El suelo se hace cielo por unas horas o días o semanas. Contemplando el espectáculo, uno se siente sobrecogido. Mysterium tremendum et fascinans! Mira a la tierra, pero, en realidad, ve el cielo. No ya un cielo azul de primavera o un cielo negruzco y hosco de otoño avanzado, sino un cielo blanco, inmaculado. ¡El cielo en la tierra! No me extraña que uno se vuelva un poco místico y que, sin palabras, con el solo regocijo interno, alabe al Señor de cielos y tierra. La nieve se convierte en pregonera.

De niño me gustaba, como a todos los niños de montaña, hacer grandes bolas de nieve y formar muñecos, también luchar a bolazo limpio y patinar sobre la nieve aplastada, pero, sobre todo, me gustaba pisar la nieve, sentir cómo mis botas dejaban una huella impresa en el manto de nieve fresca. Si seguía nevando, las huellas desaparecían pronto, cubiertas por nuevos copos. Pero si dejaba de nevar y se congelaba la nieve, entonces las huellas permanecían varios días, como testigos mudos de un camino único. Años más tarde, León Felipe me prestó su poema para poner palabras a esa experiencia: “Nadie fue ayer, / ni va hoy, / ni irá mañana / hacia Dios /por este mismo camino / que yo voy. / Para cada hombre guarda / un rayo nuevo de luz el sol.../ y un camino virgen / Dios”. ¡Qué manera tan hermosa de expresar lo que yo sentía de niño! Cuando caminaba por las calles empedradas, hacía también mi propio camino, pero no había testigos. Mis botas de niño no dejaban huella sobre los gorrones de piedra o el asfalto. Mi camino se confundía con el de todos los demás. Pero, cuando nevaba, aunque todos recorriéramos las mismas calles, nuestras huellas en la nieve eran distintas, nos delataban. No había dos caminos iguales. Mis botas de niño no tenían las mismas estrías ni el mismo tamaño que las botas de los adultos. La nieve nos permitía a cada uno seguir un camino virgen. Esto mismo sucede con la experiencia religiosa. Aunque todos busquemos a Dios y parezca que marchamos juntos y repetimos actitudes y conductas, no hay dos caminos iguales: “Para cada hombre guarda / un rayo nuevo de luz el sol.../ y un camino virgen / Dios”. Un camino virgen… sobre la nieve, añado yo.

No me extraña que cada vez sea más difícil creer en Dios porque cada vez nieva menos. Si es verdad que “cuanta más nieve cae / más cielo cerca”, también debe de ser verdad lo contrario: “Cuanta menos nieve cae, / más cielo lejos”. No estoy seguro de que esta sentencia pueda pasar un fino control teológico, pero es lo que siento en esta fría mañana de enero, sin nieve en las calles de Roma y con muchas cosas que hacer. Feliz semana a todos, y que nieve... si Dios quiere.




domingo, 14 de enero de 2018

Serían las cuatro de la tarde

Es tal la riqueza de las lecturas de este II Domingo del Tiempo Ordinario que, la verdad, no sé por dónde empezar ni qué acentuar. Tanto la historia de Samuel (primera lectura) como la de los primeros discípulos de Jesús (Evangelio) son historias vocacionales. En realidad, son espejos donde podemos mirarnos para saber mejor lo que pasa en cada uno de nosotros. Hace unos veinte años, recreé la historia de Samuel como si fuera un muchacho en la España de finales del siglo XX. Era una forma de acercar las viejas historias de la Biblia a nuestro tiempo. Hoy me detengo en la narración del Evangelio de Juan, sobre la que conviene hacer un sereno ejercicio de lectio divina. Siempre me ha fascinado que la primera vez que Jesús habla en el Evangelio de Juan sea para formular una pregunta: “¿Qué buscáis?”. Dos discípulos de Juan, movidos por sus palabras acerca de Jesús (“Este es el Cordero de Dios”), dejan a su antiguo maestro (Juan el Bautista) y comienzan a seguir al nuevo rabbí (Jesús de Nazaret). Resulta muy raro este cambio repentino. No es extraño, pues, que Jesús quiera saber qué los mueve a cambiar de maestro y de rumbo. La respuesta de los discípulos -nueva sorpresa- es, en realidad, una pregunta: “¿Dónde vives?”. Si a los dos discípulos no les resultó fácil explicar qué buscaban, a uno como Jesús, que “no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8,20), tampoco le fue fácil decir dónde vivía. Por eso, responde con una invitación: “Venid y veréis”. Hay cosas que no se pueden explicar, solo experimentar. La invitación debió de ser tan irresistible que los discípulos (luego sabremos que se trata de Andrés y de su hermano Cefas-Pedro) “fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día”. Cada uno de los verbos indica las etapas de un itinerario de seguimiento: ir, ver, quedarse. No solo describen la experiencia de los primeros discípulos, sino que nos hablan de nuestro propio itinerario: Jesús nos invita a ir con él, a ver cómo vive, y a quedarnos.

Y aquí, al final de esta secuencia verbal, se cuela un detalle sobre el que se han hecho mil interpretaciones. El evangelista añade: “Serían las cuatro de la tarde”. Parece una indicación cronológica superflua. Es verdad que con ella se subraya hasta qué punto la experiencia tuvo un fuerte impacto psicológico en los discípulos, pero la frase tiene un significado mucho más profundo. Es una declaración teológica. La “hora décima” está muy próxima de la hora “hora duodécima” (el atardecer), que es cuando, según el cómputo judío, comienza un nuevo día. El evangelista parece indicar que el encuentro personal con Jesús nos prepara para entrar en el “nuevo día” de la vida en Dios, de la salvación definitiva. No es, pues, una nimiedad insignificante. Hay otros muchos detalles contenidos en el texto que rebasan la brevedad de esta entrada. Uno de ellos es la lista de títulos con los que es presentado Jesús. Él es el Cordero de Dios (en palabras de Juan el Bautista), el Rabí-Maestro (en labios de Andrés y su hermano Simón Pedro) y el Mesías-Cristo (confesado por Andrés). Es claro que el evangelista quiere ofrecernos un mini-cristología que enriquece y completa la presentada en el prólogo de su evangelio, cuando habla de Jesús como Palabra, Luz y Vida. ¿Y qué decir de esa mirada que traspasa el corazón de Pedro y llega hasta su intimidad? 

Esta historia está escrita para nosotros. Todo el relato es un guiño constante a los lectores de todos los tiempos. Jesús nos pregunta hoy qué buscamos. Igual que los primeros discípulos, no creo que seamos capaces de formular una respuesta precisa y satisfactoria. Sabemos bastante bien lo que hacemos, pero no lo que buscamos. Podríamos ofrecer respuestas genéricas como la felicidad, ser nosotros mismos, encontrar un sentido a la vida, etc. Pero todo queda como suspendido en el aire porque, en realidad, no es fácil saber lo que hay detrás de nuestras preguntas, desvelos y afanes. A veces, buscamos ayudar a las personas y otras engordar nuestro ego. Todo está demasiado mezclado como para ofrecer una respuesta neta, bien afilada. En el mejor de los casos, podemos sentirnos cómodos haciendo nuestra la pregunta de los discípulos: ¿Dónde vives? O sea: ¿Dónde puedo encontrarte? ¿Cómo puedo creer en ti? ¿Qué estilo de vida llevas? La respuesta de Jesús sigue siendo una invitación a pasar del mero conocimiento teórico (sé que existes) a la experiencia de encuentro interpersonal (te creo-me fío de ti). Cuando Jesús nos dice “Venid y lo veréis” nos está invitando a ir más allá de la costumbre, la rutina y la tradición. Un día con él es toda una vida. ¿Cuántos de nosotros hemos experimentado de verdad lo que significa ir detrás de él? ¿No nos hemos contentado, en el mejor de los casos, con ser fieles a lo que desde niños nos dijeron que era ser cristiano? En los tiempos en los que la fe parecía impregnar la vida social, puede que fuera suficiente. Hoy no se puede sostener una fe que no sea fruto de un enamoramiento, de un encuentro de esos que se quedan grabados a fuego en el corazón. Serían las cuatro de la tarde. ¿Quién puede olvidarse?


Para los que entendéis el inglés, os dejo con el comentario de mi compañero Henry Omonisaye, nigeriano, coordinador de la Pastoral Bíblica en la Congregación Claretiana. Cada semana cuelga su comentario en nuestro canal de You Tube.