Claret

Claret

lunes, 20 de noviembre de 2017

Aprender a retirarse

Anoche hablé un rato con el coordinador de la misión claretiana en Zimbabue. Como es natural, abordamos la situación que se está viviendo en el país tras el reciente golpe de estado. Me dijo que hay tranquilidad en las calles y que la gente tenía ganas de librarse del eterno Robert Mugabe, que lleva ejerciendo tareas de gobierno desde la independencia del país en 1980. No sabemos cómo evolucionará la situación en los próximos días, pero hay una primera lección que se extrae ante acontecimientos de este tipo: hay que saber retirarse a tiempo. No es normal que un anciano de 93 años siga gobernando un país después de 37 años en el poder. El papa Benedicto XVI pasará a la historia, entre otras cosas, porque supo retirarse cuando ya no tenía fuerzas para gobernar la Iglesia. Lo mismo han hecho otros líderes sabios. Comprendo que no es fácil saber cuándo es el momento oportuno, pero uno de los mejores servicios que todos podemos prestar, tras haber desempeñado una responsabilidad, es saber retirarnos con sencillez y dignidad, saber dejar paso a otros, no ocupar demasiado espacio.

Esta capacidad de retirarnos se da en todos los ámbitos. Un padre y una madre tienen que aprender a retirarse cuando sus hijos pasan de la niñez a la adolescencia y necesitan explorar un espacio propio. Sobreproteger a las personas, invadir su intimidad, no es una expresión de amor sino de dominio. Lo mismo cabe decir de los profesores respecto de sus alumnos, de los formadores de cualquier tipo en relación con las personas que acompañan. Y, de una manera especial, de los pastores de la Iglesia en relación con los laicos. Cuando un pastor ocupa demasiado espacio, cuando absorbe muchas responsabilidades, está impidiendo que los demás desarrollen sus dones y carismas. Tan importante es asumir una carga como saber desprenderse de ella. Siempre me ha resultado un poco desconcertante la actitud de quienes están dispuestos a morir “con las botas puestas”; es decir, a continuar hasta el final de la vida haciendo lo que siempre han hecho. Puede indicar una entrega completa a una causa, pero también una actitud posesiva que no deja crecer a quienes están en torno. El amor es entrega y es renuncia; es actividad y pasividad; es protagonismo y ocultamiento.

Estoy muy agradecido a todas las personas (empezando por mis padres) que en determinado momento han sabido “echarse atrás” para que yo encontrara mi lugar. Si nunca nos retiramos de los cargos y responsabilidades, no permitimos que otras personas puedan asumir su puesto. No es fácil saber cuándo es el momento justo. Se puede pecar por exceso o por defecto. Pero hay algo que la vida me ha ido enseñando: retirarse a tiempo no significa desentenderse por completo. Hay personas que, cuando dejan un puesto, ya no quieren saber nada, como si lo dejaran a regañadientes, como si quisieran borrar su pasado o complicar la vida del que viene después. La persona madura se retira con discreción, pero siempre está abierta a seguir colaborando cuando es requerida. Los padres se retiran un poco para que los hijos maduren, pero eso no significa que los abandonen. Están siempre cerca para echar una mano cuando sea necesario. Esta capacidad de combinar cercanía y distancia, respeto y ayuda, es lo que caracteriza al amor maduro. Aprender a retirarse sí, pero también a acercarse cuando la presencia es oportuna o incluso necesaria.

Todo esto me ha surgido a propósito de la figura de Robert Mugabe. ¡Menos mal que él no va a leer este post! Sonrío un poco, contemplo a través de la ventana la hermosa vegetación del jardín, y me preparo para la primera jornada de nuestro encuentro en Nairobi. Nos hemos juntado 40 misioneros provenientes de casi una veintena de países africanos. Esperemos que todo vaya bien y que, llegado el momento, sepamos retirarnos también nosotros con discreción y dignidad.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Buenos y fieles

Este XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario me sorprende en la Subiaco Retreat House de Nairobi, la capital de Kenia. Es un lugar tranquilo, hermoso y fresco. La temperatura oscila entre los 17 y los 22 grados. Llegué anoche después de un largo viaje dividido en dos etapas: Roma-Amsterdam (dos horas) y Amsterdam-Nairobi (siete horas). Para colmo, el enorme Boeing 747 de KLM tenía estropeado el sistema informático que regula las pantallas, así que nos quedamos sin películas. Me dediqué a leer. Es la tercera vez que visito este atractivo país africano. Estaré aquí reunido durante diez días con mis compañeros del gobierno general de los claretianos y con todos los superiores mayores de los organismos de África. 2017 ha sido el año dedicado a este continente en el que viven y trabajan unos 580 misioneros. Necesitamos preguntarnos juntos qué está pasando en los países e iglesias de África, qué nos pide Dios y hacia dónde debemos encaminar nuestros pasos. Y debemos hacerlo de manera conjunta para que la respuesta sea más significativa y eficaz. Comenzaremos el trabajo el lunes, así que hoy domingo será un día de descanso y de saludos. Coincide con la celebración de la primera Jornada Mundial de los Pobres, sobre la que escribí el viernes pasado. Estoy seguro de que tendrá una resonancia muy especial en la Eucaristía de este domingo, que presidiré a mediodía, y tal vez en algún encuentro inesperado.

El Evangelio de hoy es una historia que habla de audacia e inversiones. Creo que les gustará mucho a quienes se mueven en el campo económico y empresarial. Jesús nos propone una espera “emprendedora”. Mientras esperamos el final de la historia, no podemos quedarnos con los brazos cruzados, víctimas de una prudencia mal entendida. Tenemos que hacer fructificar los dones recibidos porque son un capital que Dios nos ha concedido para hacer más digna la vida del mundo. No podemos refugiarnos en las dificultades del momento histórico, en la búsqueda de seguridad o en nuestra falta de recursos. Todos hemos recibido algo, “cada uno según su capacidad”. No sé si esta última coletilla, copiada literalmente de la parábola de Jesús, gustará mucho a quienes confunden la igualdad con el igualitarismo. Todos hemos sido creados con igual dignidad, pero no con las mismas capacidades. Hemos sido enriquecidos con dones muy diferentes para responder a necesidades igualmente diferentes. Y esto es hermoso. No atenta contra nada ni contra nadie. Refleja la inconmensurable diversidad de Dios. Sacar partido de estos dones, ponerlos a “trabajar” es lo que convierte la espera en un testimonio de esperanza. Dios no nos quiere pasajeros aburridos que dormitan mientras esperan que llegue el tren o salga el avión de la historia, sino peregrinos que hacen de la espera una preparación, una batalla.

En el ejercicio de lectio divina que tuvimos en mi comunidad el viernes por la noche, uno de mis hermanos nigerianos hizo un apunte que me resultó iluminador. Jesús califica a quienes han hecho rendir los talentos con dos palabras. Son administradores buenos y fieles. La bondad y la fidelidad son, pues, las expresiones más claras de quienes son creativos y audaces, no para satisfacer su ego, para brillar y ganar más, sino para rendir gloria a Dios sacando partido de sus dones. Estas cualidades son premiadas con algo que puede sorprender: el gobierno de diez y cinco ciudades respectivamente; es decir, la bondad se premia con la responsabilidad. Cuanto mejor eres, cuanto más has hecho fructificar los dones de Dios, mayor responsabilidad contraes con respecto a los demás. Los premios de Dios no son medallas olímpicas o cheques al portador, sino una mayor capacidad de servir, de ponerse a disposición de los demás. Es interesante esta conexión entre gracia y responsabilidad, entre dones y servicios. Quien no valora lo que ha recibido tampoco tiene motivación para servir. Se dedicará solo a aprovecharse de los otros, a plantear la vida como una “condena a muerte en masa” o a matar el tiempo de espera divirtiéndose y alienándose. En fin, que las historias de Jesús siempre llevan dinamita dentro. Feliz domingo.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Amanece, que no es poco

Son las cuatro y media de la mañana. Dentro de dos horas salgo para Amsterdam. Es sola una escala en mi viaje a Nairobi. Esta vez no voy solo. Viajamos juntos cinco claretianos. El día va a ser muy largo. Aprovecho la espera en la terminal 1 del aeropuerto de Fiumicino para escribir mi entrada de hoy. A esta hora hay muy poca gente rondando por aquí. Es demasiado temprano. A mí me gusta la mañana, así que me encuentro como pez en el agua. El amanecer es como un certificado de lealtad entre la naturaleza y el ser humano. Todo funciona. Un día más, tras el letargo nocturno, sale el sol, las calles están puestas, hay oxígeno para respirar, la vida recobra su ritmo diurno. Somos –como canta el himno litúrgico –“hijos de la luz e hijos del día”. Damos, por supuesto, que el comienzo de una nueva jornada es algo normal, pero no deja de ser un milagro cotidiano. Las cosas podrían ser de otra manera. Amanecer es siempre una declaración de victoria sobre la oscuridad, la muerte y el caos.

Kenia es un país que me atrae. Es como entrar en contacto directo con el origen de la humanidad. Me gusta que la primera Jornada Mundial de los Pobres me coincida en este país africano. No porque no haya pobres en todos los continentes sino porque África ha sido –y es– un continente explotado, con muchísimos pobres. O quizá sería más excato denominarlos empobrecidos porque son el resultado de mecanismos de expolio e injusticia. Durante décadas fueron las potencias europeas quienes hicieron del continente su mercado de abastos, incluidos los seres humanos. Hoy se disputan el control de las materias primas las nuevas potencias como China o India. Pero también África vivirá su amanecer. El paso de la noche al día no es suave sino turbulento. En diversas partes del continente hay guerras abiertas o conflictos políticos. La gran esperanza son las nuevas generaciones de jóvenes. Si son capaces de tender un puente entre la sabiduría africana ancestral y los conocimientos de la cultura planetaria, podrán liderar el futuro de un continente que representa una alternativa a los excesos de las culturas occidentales. Africa es como una mujer embarazada dispuesta a dar a luz, una vez más, a la humanidad entera. Amanece, que no es poco.

Poco a poco, va llegando más gente, pero todavía el ambiente es tranquilo. Huele a café espresso, que es como decir que huele a Italia porque este es el aroma que impregna el país entero. La mayoría de los pasajeros está pendiente de sus teléfonos móviles. Hoy llevamos el mundo a cuestas en un adminículo del tamaño de una cajetilla de tabaco.  Para internet no hay día y noche. Las 24 horas de la jornada están saturadas de información. Los más jóvenes escuchan su música favorita. Los mayores envían guasaps (sic) a sus familiares para decirles vaya usted a saber qué cosas: que todo ha ido bien, que el avión saldrá en hora y que no se preocupen, que la vida sigue su curso. Yo me veo como un tipo raro tecleando estas notas. Alguien debe de pensar que soy un periodista cubriendo un parte de guerra. En cierto sentido, tiene razón. Cada día escribo un pequeño reporte sobre esta hermosa batalla que es la vida cotidiana. Y esto, aunque a veces me cueste, me mantiene despierto, pone mis antenas en danza para captar el pálpito de la vida. Escribir es como adelantar un poco el amanecer. Gracias. Espero seguir cubriendo la información desde Nairobi, adonde llegaremos entrada la noche. Buen fin de semana.


viernes, 17 de noviembre de 2017

No es una moda

El próximo domingo 19 de noviembre se celebrará por primera vez la Jornada Mundial de los Pobres. Se trata de una iniciativa querida expresamente por el papa Francisco, que, con este motivo, nos ha enviado un mensaje titulado No amemos de palabra sino con obras. Es probable que a algunos amigos de este Rincón os parezca una jornada más de las muchas que se celebran a lo largo del año. Estamos saturados de días mundiales. ¿Quién puede hacerse eco del Día Mundial del Copyright (1 de enero) o del Día Mundial de los Huevos Asados (2 de noviembre)? 

No sé el desarrollo que tendrá en el futuro, pero la Jornada Mundial de los Pobres no se puede poner a la misma altura que otras muchas conmemoraciones.  Estamos hablando de unos mil millones de pobres de los más de 7.350 millones de seres humanos que poblamos el planeta Tierra. Y eso sin contar las innumerables “pobrezas invisibles” que escapan a toda estadística y que son las típicas de las sociedades ricas. Al comienzo mismo de su mensaje, el Papa nos reta: “El amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo; especialmente cuando se trata de amar a los pobres”. No es, por tanto, un optional (como se dice ahora), sino una consecuencia de la fe y del amor. No es una moda alentada por un Papa izquierdoso que quisiera aplicar a la Iglesia universal su querencia peronista. Estas y otras lindezas corren por la red, pero no son más que excusas para no abordar la cuestión de fondo. ¿Cómo es posible que seamos capaces de realizar enormes proezas técnicas y no hayamos conseguido todavía derrotar la pobreza que mantiene excluidas y marginadas a millones de personas? ¿Qué aporta la fe para resolver este problema de lesa humanidad?

Cuando escuchan estas cosas, muchas personas de buena voluntad enseguida piensan en hacer algo, en prodigar acciones de socorro o dar algún donativo. Todo es bienvenido para combatir un monstruo demasiado grande, pero el papa Francisco nos pone en guardia frente a una concepción meramente asistencialista y unilateral de la ayuda: “No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida”. Más que de ayuda, se trata de encuentro. No hay nada más indignante que deslizar unas monedas en la mano de un mendigo sin ni siquiera dirigirle la palabra o mirarlo a los ojos. Es como quien se desembaraza de un obstáculo en la calle pagando un peaje simbólico.

La crisis económica mundial que se desató en el 2008 ha agrandado todavía más la brecha entre los muy ricos y los pobres. Una crisis de estas características beneficia siempre a los que tienen mucho (porque pueden hacerse con más bienes a menos costo) y perjudica a quienes viven de un salario miserable y siempre recortado en nombre de los “inevitables” ajustes: “Hoy en día, desafortunadamente, mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera”. Cuando uno vive bien, con las necesidades cubiertas y un cierto margen de bienestar, apenas percibe este drama de cerca. Los pobres viven en “otro” mundo. Aunque nos separen de ellos unos pocos metros, la distancia emocional equivale a cientos de kilómetros. No nos dejamos tocar. Son dos mundos paralelos, como se observa en ciertas megalópolis latinoamericanas o asiáticas en las que las casas miserables de los pobres están separadas de los barrios ricos por una simple carretera o un muro de hormigón.

No se trata de echar sobre nuestra conciencia una de esas culpas que nos mortifican, pero que apenas alteran nuestro estilo de vida. No hay nada más inútil y perjudicial que un remordimiento mal administrado. Se trata de algo más profundo y quizás más sencillo, liberador y eficaz. Se trata de atravesar el muro físico y emocional que nos separa de alguna persona pobre y experimentar el milagro del encuentro. Todo lo demás (conversación, ayuda, intercambio, promoción, lucha, etc.) vendrá por añadidura. Sin encuentro interpersonal todo puede reducirse a un donativo anónimo, a una estrategia burocrática o a una campaña mediática. Vale más una conversación amigable con una persona necesitada que un cheque de mil euros. El cheque descarga el bolsillo y la conciencia. La conversación nos cambia por dentro. Por eso, el papa Francisco el próximo domingo va a compartir el almuerzo con 1.500 personas necesitadas en el Vaticano. La comida es un sacramento del encuentro interpersonal. Es la estrategia usada por Jesús. ¿Podríamos tal vez nosotros hacer algún gesto parecido? El papa Francisco termina su mensaje formulando un deseo: “Que esta nueva Jornada Mundial se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio”. Ahí queda eso. Santa Isabel de Hungría, cuya memoria litúrgica celebramos hoy, vivió con increíble autenticidad esta verdad evangélica.


jueves, 16 de noviembre de 2017

Aprender de las derrotas

Tras empatar con Suecia a cero, Italia, por primera vez en 60 años, quedó fuera del Mundial de fútbol que se celebrará el próximo verano en Rusia. Las portadas de los periódicos deportivos y generalistas reprodujeron la foto de Gianluigi Buffon, el eterno portero de 39 años, llorando como un niño. Fin de un sueño colectivo, fin de un ciclo triunfante y angustia por las consecuencias deportivas, emocionales y económicas de la derrota. A mucha gente le parecerá excesiva, desproporcionada, esta reacción de todo un país, pero así son las cosas. Italia ha participado ininterrumpidamente en la Copa del Mundo de fútbol desde el año en que yo nací, así que toda la vida he considerado que la nazionale italiana era una participante nata. Vamos, que no necesitaba competir, que iba casi por derecho histórico. Creo que la mayoría de los italianos pensaba lo mismo hasta el maldito 13 de noviembre pasado. Los azzurri hicieron historia al ir contra la historia. Una selección que ha ganado cuatro copas del mundo se había granjeado la admiración del público, aunque luego se solía añadir, a modo de crítica benévola, que muchas veces había pasado “a la italiana”; es decir, con un juego marrullero y algo tramposo. Yo recuerdo perfectamente la victoria del Mundial de España en 1982 (entonces yo estudiaba en Roma y sentí como propia la victoria de Italia contra Alemania en el Santiago Bernabéu) y la victoria del Mundial de Alemania en 2006 (entonces llevaba ya tres años viviendo de nuevo en Roma y apoyé a Italia contra Francia).

No es bueno aplicar la pomada de la moralina a las heridas deportivas. Pero tampoco pasa nada si uno lee este acontecimiento de la derrota como un signo de lo que suele pasar en la vida. Los críticos dicen que Italia se ha fiado demasiado de sí misma y que no se ha preparado a conciencia. No ha elegido a un buen entrenador y éste, a su vez, no ha seleccionado a los mejores jugadores. Todo es discutible. Pero, más allá de la interminable discusión (no olvidemos que en determinados momentos todos nos convertimos en seleccionadores cuasi profesionales), hay algo rescatable: el éxito de ayer no asegura automáticamente el de mañana. Cada día hay que seguir luchando como si fuéramos aprendices. Esto es extrapolable a todas las esferas de la vida. Las personas que, llegadas a la cima, quieren vivir de rentas pronto se convierten en momias de sí mismas. Jesús nos advierte del riesgo que supone almacenar la cosecha en el granero y dedicarse a la molicie (cf. Lc 12,20-32). Admiro a los profesionales de cualquier ramo que siempre están aprendiendo, que no se contentan con lo conseguido, que investigan, dialogan, buscan, arriesgan. Me gustan los artistas que no explotan hasta la saciedad sus primeros éxitos, sino que continúan creando, abiertos a nuevos estímulos, respetuosos de un público que se merece lo mejor. Y respeto a los sacerdotes que preparan la celebración de los sacramentos (homilía incluida) con atención y delicadeza, sin dejarse llevar de la rutina y la improvisación.

A veces, quedar fuera del Mundial de fútbol es una oportunidad para replantear un modelo deportivo. Las derrotas de la vida deberían ser siempre la ocasión para seguir creciendo. No se hunde el mundo por experimentar un fracaso, por que las cosas no salgan como uno había imaginado o proyectado. Tampoco sirve de mucho repartir culpas y responsabilidades. Lo que importa es aprender de los errores propios y ajenos, seguir apostando por un futuro mejor preparado, no tirar la toalla. Las personas que no se sumen en el ridículo o la depresión son las que hacen de sus fracasos una poderosa herramienta para mejorar. Caminar siempre de éxito en éxito puede ser peligroso. Nos incapacita para afrontar la vida tal como es. Alternar éxitos y fracasos nos coloca sobre el suelo de la realidad y despliega muchos recursos escondidos que solo emergen cuando las pruebas de la vida los llaman a rebato. Estoy seguro de que mi admirada Italia volverá a ser una selección campeona. Tras el dramatismo mediterráneo de estos días, muy en consonancia con el carácter teatral de los italianos, se tomarán algunas decisiones y se comenzará un camino nuevo. No hay mal que por bien no venga. 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

La bella normalidad

Hasta ayer no sabía quiénes eran Alfred y Amaia. Ahora ya sé que son un chico catalán y una chica navarra que participan en el concurso televisivo Operación Triunfo de RTVE. Yo no tengo tiempo para seguir el programa desde Roma, aunque podría hacerlo a través de internet. Pero ayer me topé por casualidad con un vídeo que me sedujo desde el primer segundo. Vi a Alfred y Amaia sentados al piano e interpretando “City of stars”, una canción melódica de la banda sonora de la película La, la, land (2016). En su día, me gustó el tema interpretado por el canadiense Ryan Gosling y la estadounidense Emma Stone. Pero confieso que la sencilla interpretación de Alfred y Amaia me ha emocionado más. Ambos son músicos, pero todavía no han sido devorados por la publicidad y el star-system. Se los ve auténticos, principiantes, emocionados. Consiguen transmitir una frescura que espero no pierdan con el paso del tiempo. Cantaron en un inglés que suena distinto al de Ryan Gosling y Emma Stone. El de estos jóvenes españoles parecía una cinta de terciopelo suspendida en el aire.

Yo soy un enamorado de la música. No sabría vivir sin ella. En este Rincón he dejado constancia de ello. De vez en cuando, he rescatado algunos de mis temas favoritos. He hablado de un grande como Bach y de solistas y grupos actuales de música religiosa. Me he detenido en mi admirada Carole King, en la canción Yesterday de Los Beatles y en la inconfundible voz de Edith Piaf. Si tuviera tiempo, seguiría indagando. Tanto para los momentos litúrgicos más solemnes como para las ocasiones lúdicas necesito echar mano de este lenguaje universal. Me sorprendo a mí mismo cantando por los pasillos, casi nunca en la ducha, porque no es plan ponerse a cantar a las 5:15 de la mañana. No encuentro otra forma mejor de superar la barrera material y adentrarme en el mundo del espíritu. Porque la música es eso: un fenómeno muy material (muy hecho de madera, nylon, metal, viento…) que, sin embargo, nos abre a otra dimensión. Con la música podemos entendernos todos los seres humanos. Es como si Dios nos hubiera dotado de una lingua franca para superar la dispersión a que puede conducir la diversidad de lenguas que los seres humanos hemos ido creando a lo largo de la historia. Se suele decir que “hablando se entiende la gente”. Yo corregiría el dicho haciéndolo más universal: “cantando se entiende la gente”.  

Me gusta descubrir y agradecer los talentos de la gente joven. En medio de la normalidad de sus estudios y relaciones, Alfred y Amaia hacen saltar chispas de belleza que redimen la vida cotidiana de su opacidad, que la hacen transparente, hermosa, digna de ser disfrutada y compartida. Estas “chispas de belleza” son también momentos de honda espiritualidad, boquetes a través de los cuales se cuela la Belleza infinita de Dios. Son como un “rumor de ángeles” que nos llega al oído del corazón y nos hace entrever la cara oculta de la vida. No sé lo que el futuro deparará a estos dos jóvenes músicos. No sé si ganarán el concurso televisivo o se perderán en el anonimato. Solo sé que su interpretación del pasado lunes me ha llegado al corazón. Merece la pena disfrutar con ella. 



martes, 14 de noviembre de 2017

La cultura “inter”

En la entrada de ayer escribí que en el taller de “Indagación apreciativa” había 45 participantes. Todos éramos religiosos  y religiosas pertenecientes a varias congregaciones masculinas y femeninas. Esto no es nuevo. Hay muchos proyectos conjuntos en el campo de la misión, la espiritualidad y la formación. Uno de los más significativos es el proyecto Solidaridad con Sudán del Sur en el que participan más de treinta institutos religiosos. Quizás la novedad consiste en el nuevo enfoque que todo esto supone para la vida religiosa. No se trata solo de hacer cosas juntos sino de caminar hacia una cultura inter, como hoy se denomina al hecho de promover un camino internacional, intercultural, intercongregacional, interconfesional e interreligioso compartido por consagrados de diversas proveniencias. Como todo lo que se abre paso, puede naufragar víctima de la moda y de un exceso verbal, pero puede también madurar y producir frutos.

Los grupos homogéneos y cerrados en sí mismos exhiben una identidad más rígida y pueden ser, a corto plazo, más eficaces. Consideran que no hay que perder tiempo en aprender otras lenguas y costumbres, que no necesitan salir de su territorio, abrirse a ideas y prácticas nuevas, etc. Esto ahorra energía y permite concentrarse en la misión encomendada. Sin embargo, a largo plazo, sucede con estos grupos lo mismo que con los monocultivos: acaban empobreciendo y hasta esterilizando la tierra. La riqueza y la creatividad se producen cuando hay mezcla y mestizaje, cuando salimos de nosotros mismos y nos ponemos a la escucha, cuando ensanchamos nuestro espacio personal e institucional. Entonces, aunque se pierda mucho tiempo en la fase de adaptación, acabamos logrando metas mejores. El proverbio africano lo expresa con claridad: “Si quieres ir rápido, camina solo; si quieres llegar lejos, ve en grupo”.

La vida religiosa vive en un contexto inter. Cada vez es más normal ver comunidades religiosas europeas en las que hay varios miembros que son americanos, africanos o asiáticos. El origen de esta presencia obedece a la escasez de candidatos europeos, pero su verdadero significado trasciende el hecho estadístico. Me atrevería a decir que la disminución de religiosos europeos está siendo la oportunidad para alumbrar un nuevo tipo de vida consagrada que exprese mejor la diversidad humana y, en definitiva, la riqueza de la propia Iglesia y del misterio de Dios. No hemos sido hechos todos iguales. No provenimos todos de la misma etnia ni hablamos la misma lengua ni ingerimos el mismo tipo de comidas. No nos gustan las mismas cosas ni bailamos al ritmo de la misma música, por más que la cultura globalizada tienda a uniformar las expresiones. En la diversidad se produce un estallido de vida y creatividad que no suele darse en los contextos demasiado homogéneos.

Es verdad que la cultura inter no es un camino de rosas. A cada paso se pone a prueba nuestra capacidad de abrirnos al otro y de aceptarlo tal como es. Desmonta nuestros prejuicios asentados, saca a la luz nuestros miedos subterráneos, revela nuestras inconsistencias y fragilidades. Incluso nos interroga sobre nuestras verdaderas convicciones. ¿Vivimos la fe como un rasgo de pertenencia cultural, como un fruto de la educación recibida, o somos capaces de trascender nuestra cultura originaria para abrirnos a un Evangelio que está dirigido a los hombres y mujeres de cualquier lugar del mundo? La cultura inter es como un laboratorio que nos prepara para vivir mejor en un mundo que es, en sí mismo, plural, pero que muy a menudo no sabe integrar las diferencias en una visión armónica. Sin ningún idealismo, puedo reconocer que el taller del fin de semana pasado me ayudó a dar un paso más en una dirección que me parece irreversible.