Claret

Claret

viernes, 20 de abril de 2018

A veces también Él calla

Nos cuesta entender el silencio de Dios. A veces, nos desconcierta; otras, nos exaspera; puede que en ocasiones nos irrite. Si Dios existe, ¿por qué no se nos manifiesta de una forma más clara? ¿Cuántas veces al orar hemos tenido la impresión de hablar con las paredes? No hay respuestas apodícticas para estas preguntas. El creyente convive con ellas. El no creyente se rebela o las ignora. Solo la voz de los testigos ofrece alguna luz. Una de las voces que más me ayudó en una etapa de mi vida fue la de la carmelita Cristina Kaufmann (1939-2006). Es probable que muchos de los lectores del Rincón no sepan quién fue esta monja suiza, afincada en Mataró (Barcelona). Murió hace casi doce años. Se hizo famosa en 1984, cuando, en una entrañable entrevista que le hizo la periodista Mercedes Milá, habló de santa Teresa de Jesús y de Dios con tal sencillez y autenticidad que cautivó a muchos telespectadores. No solo eso. Se atrevió a hacer algo que exige una gran profundidad y humildad. Oró ante las cámaras. Se dirigió a Dios desde el fondo de su corazón. Y le preguntó por qué calla.

La misma Cristina Kaufmann dio una respuesta que es eco de la ofrecida por san Juan de la Cruz: Dios calla porque ya nos ha dicho todo lo que tenía que decirnos en su hijo Jesús. Él es su Palabra. Escuchar y poner en práctica el Evangelio de Jesús es el mejor modo de oír la voz de Dios. Parece una respuesta demasiado simple y, sin embargo, no existe otra más cabal. Cada vez que deseamos que Dios responda a nuestras peticiones, que nos hable, Él podría respondernos: “Te estoy hablando continuamente a través de mi Palabra. Escúchala con atención. No la des por sabida. Siempre contiene más de lo que estás buscando”.

Escribo estas líneas en la casa provincial de las Siervas de Jesús en Madrid, una congregación femenina que se dedica, sobre todo, a la atención nocturna de los enfermos pobres en sus casas. Por el día las religiosas duermen y por la noche velan a los enfermos que solicitan su cuidado, a aquellos que no pueden permitirse el lujo de pagar veinte euros a la hora a otros cuidadores profesionales. 

Estas mujeres escuchan la voz de Dios en las palabras de Jesús: “Os aseguro que lo que hayáis hecho a uno solo de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). Dios les habla en esos cristos sufrientes que son los enfermos abandonados. Ellas no se rompen la cabeza con devaneos intelectuales. Se ponen en camino. Saben que la palabra de Jesús es la palabra que Dios mismo les dirige. No están exentas de dudas, cansancios y crisis, pero no dejan de servir. Solo cuando salimos de nosotros mismos y nos entregamos, escuchamos lo que Dios quiere. Cerrados en nuestra zona de confort, Dios parece mudo.

A aquellos que no conozcáis la entrevista con Cristina Kaufmann, os recomiendo el vídeo que he colocado al final de la entrada de hoy. Fue grabado hace casi 34 años, pero sigue siendo actual. Quienes tuvisteis la fortuna de escuchar la entrevista en directo –ese fue mi caso– reviviréis un momento inolvidable. En medio de tanta frivolidad televisiva, reconforta pensar que la televisión puede ser también un espacio de oración, una capilla catódica.

 Tuve el privilegio de visitar a la monja Cristina en su monasterio de Mataró cuatro años después de la entrevista en televisión. Quedé cautivado por la autenticidad que desprendían sus ojos y sus palabras. No escondía su pasión por Dios, pero tampoco la usaba como arma arrojadiza contra los perversos ateos. No pretendía convencer a nadie. Se limitaba a compartir su experiencia con sencillez y belleza. La verdad es contagiosa por sí misma. Había aprendido de su maestra, santa Teresa de Jesús, que  “humildad es andar en verdad”. Necesitamos testigos como ella, vigías del Absoluto de Dios, para seguir manteniendo encendida la llama de la fe.


jueves, 19 de abril de 2018

Operación Fracaso

Durante los días que estoy pasando en España he oído hablar del éxito que ha tenido el concurso televisivo Operación Triunfo (OT). Llegué a escribir una entrada sobre la fresca interpretación que dos de los concursantes, Alfred y Amaia, hicieron de la conocida canción City of Stars. No tengo nada contra estos chicos alegres y, en general, talentosos y sinceros.

Pero quizás el programa tendría que llamarse OC, Operación Comercial, porque es un limón que se exprime hasta la última gota. Los muchachos sueñan con desarrollar sus talentos y abrirse camino en el mundo de la música. Los promotores se aprovechan de estos sueños y hacen caja. Anoche vi parte del reportaje realizado por el programa Comando Actualidad. Es bonito acercarse a la ilusión de los chicos por darse a conocer y triunfar. ¡Ojo con este peligroso verbo! Es uno de los más conjugados por los jóvenes de todo el mundo. La mayoría quiere triunfar en el deporte, la música, la ciencia, la economía, etc. ¿A cuántos niños no les gustaría ser Leonel Messi o Cristiano Ronaldo?

Confieso que el verbo triunfar no me gusta mucho. Hace bastantes años que mi profesor de psicología me ayudó a distinguir entre tener éxito y triunfar. Tener éxito significa desarrollar al máximo las capacidades que uno tiene y ponerlas al servicio de los demás. Triunfar implica colocarse por encima de los otros. En el éxito hay solidaridad. En el triunfo hay competitividad: unos ganan y otros pierden. En el éxito no hay podios. Cada uno da lo mejor de sí mismo. En el triunfo hay medallas de oro, plata y bronce. El éxito es permanente; el triunfo es efímero y a menudo conduce a grandes frustraciones. Abundan las historias de ídolos caídos, de triunfadores rotos.

La fe cristiana nos empuja a crecer y desarrollarnos, a tener éxito, pero no a cualquier precio y nunca a costa de los demás, sino en compañía. Cuando repaso la vida de algunos triunfadores, caigo en la cuenta del precio inhumano que han tenido que pagar para escalar la cumbre: esfuerzos titánicos (a menudo con riesgos serios para la salud y fuertes desequilibrios emocionales y afectivos), concursos y oposiciones asfixiantes, tratos de favor, dopaje, humillaciones, sobornos…

¿De qué aprovecha ser un triunfador si para llegar a la cumbre ha habido que mentir, machacar y dejar víctimas por el camino? ¿Qué plenitud humana significa un triunfo que tal vez nos coloca por encima de los demás, pero que no implica un verdadero desarrollo de las propias cualidades? El verdadero lema humano no es, como lo presenta cierta publicidad, “Nacidos para triunfar”, sino “Nacidos para amar”. Si el primero anula el segundo, no tiene ningún valor.

Pablo, en la carta a los corintios, lo dice sin pelos en la lengua: “Aunque hable todas las lenguas humanas y angélicas, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo estruendoso” (1 Cor 13,1).

Hoy podríamos versionar este versículo de múltiples maneras: “Aunque tenga una medalla olímpica, dos doctorados y tres masters; aunque hable media docena de lenguas y viaje por todo el mundo; aunque gane veinte mil euros mensuales; aunque tenga una mansión, un deportivo y un yate… si no tengo amor, soy un triunfador que ha fracasado en la competición más importante de todas: la del sentido de la vida”.

Mirando a Jesús, uno lo ve como el representante de la Operación Fracaso (OF). Él no fue un triunfador. Su cabeza no fue cubierta con una corona de laurel (como sucedía con los triunfadores griegos y romanos), sino con una corona de espinas. Su Evangelio no es una Operación Triunfo. A primera vista, todo lo que se propuso acabó en la cruz. Es el gran fracasado de la historia. Su “manual de instrucciones” para conducirnos por la vida no habla de triunfadores, sino de personas sencillas: los pobres, los mansos, los que lloran, los hambrientos, los que trabajan por la paz y la justicia...

Las bienaventuranzas constituyen el reverso de la historia, el programa anti-moda. Por eso quienes aspiran a triunfar no sintonizan con ellas. Las consideran un estorbo, “moral de débiles”, como diría Nietzsche. Quienes, por el contrario, sueñan con poner todas sus cualidades al servicio de un mundo más fraterno encuentran en ellas dirección, estímulo y consuelo.

El papa Francisco, en su reciente exhortación Alegraos y regocijaos, nos recuerda que las Bienaventuranzas son un mensaje a contracorriente: “Aunque las palabras de Jesús puedan parecernos poéticas, sin embargo van muy a contracorriente con respecto a lo que es costumbre, a lo que se hace en la sociedad; y, si bien este mensaje de Jesús nos atrae, en realidad el mundo nos lleva hacia otro estilo de vida. Las bienaventuranzas de ninguna manera son algo liviano o superficial; al contrario, ya que solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo” (GE, 65).  Conviene abrir los ojos y no dejarse seducir por lo que se lleva. Los cristianos no aspiramos a ser triunfitos sino bienaventurados.


miércoles, 18 de abril de 2018

Un tipo de Iglesia nace

Es probable que algunos amigos del Rincón considerasen muy pesimista la entrada de ayer. Quise reflejar una situación que, a mi modo de ver, entra por los ojos. Pero soy consciente de que es necesario añadir otros brochazos para completar el cuadro. Al mismo tiempo que hay un tipo de Iglesia que muere, hay otro que está naciendo. 

En el caso de Francia parece claro. Año tras año, aunque en proporciones modestas todavía, crece el número de adultos que se bautizan. Es probable que para muchas personas –incluyendo algunos creyentes– éste no sea un dato significativo. Llevamos años repitiendo la cantinela de que “lo importante es ser buenas personas”. Se supone que si uno es bueno (precisar en qué consiste “ser bueno” no es nada fácil), todo lo demás sobra. No necesita ni la fe, ni los sacramentos, ni la pertenencia a la Iglesia. Quizás eso explique, en parte, el auge de los voluntarios y el descenso de los practicantes. Ninguno de los dos términos me gusta, pero son lo que se suelen usar. No faltan quienes opinan que los valores de la fe cristiana no se han perdido. Simplemente se han secularizado. Las tradicionales formas sólidas se han licuado. El agua es siempre agua. Se encuentra en un cubito de hielo y en la vaharada que empaña los cristales. C'est tout!

La cosa no es tan simple como parece. ¿En qué acaba un valor arrancado de su suelo nutriente? Perdura un tiempo, pero luego se marchita. Mi impresión es que necesitamos tocar fondo para volver a experimentar cómo nace todo. ¿Qué significa que una persona buena se encuentre con Jesucristo? ¿De qué manera este encuentro afecta a su vida? ¿Se produce algún cambio o todo sigue igual? ¿Es la fe un artículo de lujo perfectamente prescindible para ser una “buena persona”? Hace más de 40 años, Hans Küng abordó con gran lucidez esta cuestión en su libro Ser Cristiano, pero su respuesta no parece haber calado en la conciencia de muchos. Seguimos planteándonos parecidas preguntas. Si ser cristiano consiste solo en creer en Dios, ¿en qué se distingue el cristianismo de otras religiones? Si ser cristiano consiste solo en ser bueno y luchar por el ser humano, ¿en qué se distingue el cristianismo de tantos humanismos seculares que buscan lo mismo?


Para no perdernos en reflexiones abstractas, prefiero abordar el asunto a partir de un encuentro fallido: el que mantuvo un hombre bueno con Jesús.

Marcos lo cuenta así: “Cuando se puso en camino, llegó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: —Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar vida eterna? Jesús le respondió: —¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sólo Dios. Conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no perjurarás, no defraudarás, honra a tu padre y a tu madre. Él le contestó: —Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud. Jesús lo miró con cariño y le dijo: —Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme. A estas palabras, frunció el ceño y se marchó triste; pues era muy rico” (Mc 10,17-22).

Este personaje, cuyo nombre y edad ignoramos (aunque Mateo lo califica de joven), era un tipo cumplidor, un hombre “bueno” que llama también “bueno” a Jesús. Podría haber seguido sus costumbres y rutinas. Sin embargo, le faltaba algo. Jesús, mirándolo con cariño (es importante subrayar este gesto), le propone un claro itinerario de seguimiento. La respuesta de este joven se parece mucho a la de tantos otros jóvenes que han crecido en ambientes sanos, que han recibido una formación excelente, pero que no quieren arriesgar nada. Marcos la retrata muy concisamente: “frunció el ceño y se marchó triste”. Una marea de bautizados frunce el ceño y, a modo de huida silenciosa (solo unos pocos apostatan a bombo y platillo), se descuelga de la fe y de la comunidad.

Pero la vida tiene muchas etapas y da muchas vueltas. Cuando uno se da cuenta de que no se trata solo de “ser bueno” (lo que no es poco en esta sociedad un poco cainita en la que vivimos), sino de seguir a Jesús con todas sus consecuencias, empieza a veces un camino de vuelta, que, en muchos casos, es, en realidad, un camino de ida porque nunca hubo una verdadera experiencia de “encuentro”.

Existen numerosas iniciativas pastorales que buscan ayudar a las personas adultas que quieren regresar a la Iglesia o que se abren por primera vez al mundo de la fe. Ya no se trata de adhesiones forzadas por las circunstancias, sostenidas por un contexto social favorable, sino de verdaderas conversiones que recuerdan a las que dieron origen a la comunidad de Jesús.

Esta es la Iglesia que sigue naciendo con gran fuerza, aunque no constituya un fenómeno sociológico imponente. Mientras muchos –como el joven rico– no quieren cambiar nada de su vida para seguir a Jesús, otros son capaces de arriesgarse y de empezar un camino nuevo. Unos seguirán con sus cosas, pero tristes y cabizbajos. Otros tendrán que enfrentarse a temores, decepciones, pruebas y cansancios, pero no es lo mismo hacerlo desde una fuerte experiencia de fe (es decir, de encuentro personal con Jesús), que sostenidos por una mera costumbre o rutina.

La fe siempre es un combate. Cada vez son más los adultos equipados para librarlo con experiencia, formación y compromiso. Cada vez hay más comunidades que están regenerando el tejido eclesial a base de escucha de la Palabra, sólida formación bíblica y teológica, sincera vida fraterna, alegre celebración de la Eucaristía, servicio humilde a los más pobres y valiente compromiso misionero. Esta Iglesia que nace será minoritaria –parece evidente a juzgar por las estadistícas– pero tendrá la autenticidad de los mártires, de aquellos que arriesgan algo (a veces la vida entera) para creer. Necesitamos testigos de la alegría del Evangelio. Si no, ¿quién se va a sentir atraído por Jesús?



martes, 17 de abril de 2018

Un tipo de Iglesia se muere

En los últimos días he tenido ocasión de conversar con un obispo que tiene en su diócesis gallega más de 400 parroquias, para las cuales no dispone de sacerdotes suficientes. Los que tiene son, en su mayoría, de edad avanzada. Serían jubilados en la vida civil. He hablado también con un viejo misionero que, tras muchos años de trabajo pastoral en Latinoamérica, ha regresado a Europa. Se ha encontrado con un panorama tan desolador que le parece que no hay futuro. Yo mismo he tenido oportunidad de celebrar la eucaristía dominical en un pueblo de montaña el pasado domingo. Creo que los participantes no pasaban de una docena. ¿Dónde estaban los demás? ¿Qué ha pasado? ¿Es verdad que sin Eucaristía no hay Iglesia?

Cada vez me parece más claro lo que Karl Rahner vaticinó a finales de los años 50 del siglo pasado. Un tipo de Iglesia, basada en un régimen de cristiandad, está llegando al final. Quizás cuando mueran los que tienen más de 60 años habrá desaparecido, aunque pervivan algunas tradiciones y prácticas. Esto no es grave. La Iglesia es un acontecimiento existencialmente móvil. No se casa con una forma concreta de existir. El problema no es lo que muere, por doloroso que les pueda parecer a algunas personas, sino lo que pugna por nacer. ¿Está naciendo de verdad algo nuevo, vigoroso, esperanzador? Mi amigo misionero me confesaba que, mientras uno siga siendo cristiano más por tradición cultural que por conversión personal, no hay mucho que hacer. Pan para hoy, hambre para mañana. Quizá su pesimismo le impide ver la realidad, sociológicamente pequeña, de comunidades vivas, pero eso es otro cantar.

La vieja estampa de los pueblos castellanos en los que las casas se agrupan en torno a la iglesia, como los pollitos se cobijan bajo las alas de la gallina, está desapareciendo. Las nuevas construcciones urbanas responden a otros criterios más secularizados. Imaginar que cada pequeño pueblo va a seguir teniendo un párroco es irreal. Muchas diócesis, con tristeza por parte de los feligreses, están organizando “unidades pastorales” porque, de otro modo, sería imposible la gestión de las parroquias. Algunos párrocos rurales me han confesado que se sienten meros funcionarios. Todos los domingos tienen que “despachar” cuatro o cinco misas en poco tiempo porque cada pueblo quiere que el sacerdote celebre en su iglesia. Estamos siguiendo un modelo pastoral que viene de los tiempos de cristiandad cuando las condiciones han cambiado hace ya varias décadas y cambiarán todavía más en las próximas. 

¿Cómo aceptar sin nostalgia la situación y, en vez de dedicar energías a enterrar un modelo, concentrarlas en poner las bases de otro que responda a la nueva situación? Es evidente que el número de creyentes y bautizados disminuirá. El número tiene su importancia, pero mucha más el hecho de que quienes den el paso lo hagan por íntima convicción interior y no solo por el peso de la tradición. Hay países donde la Iglesia católica es una minoría, pero quienes la forman son cristianos convencidos y comprometidos. Saben quiénes son, a quién pertenecen y qué deben hacer. No se trata de que los laicos sirvan a los curas, sino de que éstos se pongan decididamente al servicio de comunidades que cuentan con otros muchos ministerios porque han apostado de verdad por la misión compartida. 

Sin un laicado convertido, bien formado y responsable, no hay futuro posible. El clericalismo es un impedimento más para que surja con vigor la Iglesia-Pueblo de Dios, tal como la ha presentado el Concilio Vaticano II. Todo esto habría que matizarlo mucho más, pero cuando la hemorragia es mortal no se trata de hacer disquisiciones sobre la función de las plaquetas o sobre el funcionamiento de la sanidad pública, sino de aplicar el remedio adecuado de la manera más rápida y eficaz posible.

lunes, 16 de abril de 2018

Reinstalar la confianza

Cuando visité la comunidad ecuménica de Taizé en abril de 1980 no entendí bien por qué el hermano Roger insistía tanto en la confianza. Con el paso del tiempo empecé a barruntar su oportunidad. La modernidad europea nos ha enseñado a ser críticos; o sea desconfiados. Nada es lo que parece, siempre conviene buscar razones ocultas que no aparecen en primer plano. Es como si hubiéramos borrado el sistema operativo tradicional (que se basaba en que la realidad era como aparecía) y lo hubiéramos sustituido por un sistema nuevo que somete a todos los programas a una profunda revisión previa.

Los llamados “maestros de la sospecha” (Marx, Nietzsche y Freud) y sus seguidores ahondaron este espíritu. No te fíes de las ideologías. Son solo una estratagema para defender los privilegios de las clases ricas y sojuzgar a las pobres. No te fíes de Dios. Es solo un recurso de los débiles para no desesperarse. No te fíes de tu conciencia. Hay secretos mecanismos subconscientes que regulan todo. Lo que te parece una decisión libre no es más que el fruto de un determinismo interno. El mensaje siempre es el mismo: ¡No te fíes, sospecha!

Por si fuera poco, la construcción de la Unión Europea tuvo que abrirse paso en un campo minado de desconfianzas. No te fíes de los alemanes. En cuanto puedan, intentarán dominar Europa. A la tercera será la vencida. No te fíes de los ingleses. Son hipócritas por naturaleza. Dicen una cosa y hacen otra. Los principales piratas son ingleses. No te fíes de los franceses, de los italianos, de los españoles… Todos buscan sus propios intereses. Dicen que quieren la unión, pero esconden otros propósitos inconfesables. En definitiva, no te fíes de nadie.

Aristóteles decía que la filosofía comienza por la admiración. La realidad es tan misteriosa que, ante ella, nos quedamos boquiabiertos y queremos saber más. Los modernos no se admiran, sospechan. Aquí hay gato escondido. Dicen que la ciencia avanza a base de curiosidad, pero también de sospecha. El científico siempre sospecha que las cosas no son como nos las habían explicado. Puede ser. Si algo caracteriza al europeo contemporáneo es su capacidad de sospechar.

Pero la vida no funciona solo así. Con este sistema operativo instalado en nuestro disco duro, todos los programas se resienten. No nos fiamos de nuestros vecinos. No nos fiamos de los inmigrantes. No nos fiamos de los políticos. No nos fiamos de nosotros mismos. No nos fiamos de Dios. Podemos presumir que no nos dan gato por liebre, pero el precio que pagamos por esta desconfianza radical es un escepticismo que nos impide crecer como personas, disfrutar de la vida y mantener la esperanza encendida. Sin confianza, no hay vida.

Para quienes creemos en la resurrección de Jesús, la Pascua significa un cambio de sistema operativo. Sustituimos la desconfianza (que nos parece la expresión suprema de madurez intelectual) por la confianza (que es la actitud más radicalmente humana). Si Dios ha resucitado a Jesús, podemos fiarnos de él. Jesús lo ha expresado con otras palabras: “Os he dicho esto para que gracias a mí tengáis paz. En el mundo pasaréis aflicción; pero tened confianza: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

Es verdad que no todo es como aparece, pero, en último término, todo depende de Dios. Y Él nunca defrauda. Sostenidos por esta confianza radical, nos miramos a nosotros mismos y miramos a los demás con una actitud nueva. Aprendemos a confiar. Solo cuando confiamos, las cosas cambian. Entiendo mucho mejor al hermano Roger. Por eso, él proponía la peregrinación de la confianza. De niños comos ingenuos. De jóvenes nos volvemos curiosos. De mayores... ¡Ay, de mayores! Podemos naufragar en un escepticismo crónico, en una desconfianza suicida o podemos redescubrir el valor de la confianza radical. En el primer caso, nos creemos muy astutos, presumimos de que nadie nos engaña, alardeamos de suficiencia intelectual. En el segundo, hacemos un ejercicio supremo de racionalidad: nos abrimos al Misterio que nos sotiene y confiamos en él“como un niño en brazos de su madre”  (Sal 130,2).


domingo, 15 de abril de 2018

Paz a vosotros

El III Domingo de Pascua trae sones de paz en medio del estallido de una guerra llamada “quirúrgica”. Hay muchos intereses ocultos tras los ataques con armas químicas por parte del gobierno de Siria y la respuesta rápida de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. La historia enseña mucho. Los protagonistas ocultan sus cartas. Un capítulo más de la tercera guerra mundial “a trozos”. 

Mientras, el Resucitado muestra sus manos y sus pies. Estas son las credenciales para hacer ver a sus discípulos que no es un fantasma. A los suyos la visita inesperada del Maestro les produce miedo. Hay que celebrar una nueva comida para disipar dudas. Con el pan y el pescado entre las manos, Jesús realiza su particular liturgia de la Palabra: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse”. 

Pero no basta solo con entender lo que ha pasado. Se necesita un compromiso: “En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”. La misión echa a andar. En esas estamos todavía. Lo que importa es hacerlo todo “en su nombre”, no según nuestros caprichos, intereses, modas o cansancios. 

Cuando uno está encendido por la violencia, las palabras de Jesús –“Paz a vosotros”– suenan a inútil interferencia, a música celestial. Algo dentro de la persona violenta reacciona así: “¡Ocúpate de tus cosas o arregla las nuestras, pero no nos vengas con monsergas!”. Cuando los seres humanos estamos secuestrados por el odio o la violencia no atendemos a razones. Lo único que queremos es venganza. Como esta palabra nos da algo de vergüenza, la llamamos justicia, pero en el fondo sabemos que no vamos a arreglar nada. 

El regalo del Resucitado es la paz, esa shalom que significa la plenitud de todos los dones mesiánicos, la armonía de todos con todos en un mundo reconciliado por Dios. El corazón humano está anhelando este regalo, pero le da miedo aceptarlo. Vivir en paz significa renunciar a los intereses mezquinos. Aquí chocan el deseo y los deseos. Una y otra vez se reabre el conflicto. 

Quizá los únicos que pueden convencernos de que toda violencia es inútil son aquellos que llevan en sus manos y en sus pies –como Jesús– las huellas de la violencia. En las mesas donde se toman las grandes decisiones no tendrían que sentarse solo los políticos de turno, sino las víctimas. No sé qué pasaría si al lado de los ministros de Asad o en el Consejo de Seguridad de la ONU se sentara un grupo de niños masacrado con armas químicas o las viudas de quienes han muerto en el frente. Quizás los intereses empezarían a debilitarse y los valores cobrarían fuerza. 

Estamos en Pascua. Donde hay fe, hay paz. Donde hay paz, está el Resucitado insuflando su Espíritu sobre el mundo. Los testigos de este regalo no podemos quedarnos con los brazos cruzados. Es la hora de la misión.

sábado, 14 de abril de 2018

La dura batalla

Hace días que me da vueltas en la cabeza la frase que un amigo mío indio (no hindú, que esa es otra historia) ha colocado en su perfil de Facebook. Literalmente dice así: “Be kind, for everyone you meet is fighting a hard battle”. La frase, atribuida a Platón, se puede traducir así: “Sé amable, porque todos los que conoces están librando una dura batalla”. ¡Cómo cambiarían nuestras relaciones si la tuviéramos siempre presente! La enfermera que llega a la cama de un enfermo y le grita porque se ha desconectado el suero reaccionaría de otra manera si cayera en la cuenta de que ese pobre anciano está librando la dura batalla entre la vida y la muerte. El familiar del anciano que reprocha a la enfermera su actitud con malas palabras afrontaría la situación de otra manera si comprendiera que también ella está peleando la dura batalla de un estrés que la consume. Cada vez que nos encontramos con alguien y lo saludamos deberíamos pensar en la (más que posible) dura batalla que está teniendo lugar en su interior. A veces, esa persona puede estar agobiada por un problema de salud, una mala noticia recibida, una deuda económica, una experiencia de malos tratos o abandono, una situación de acoso laboral, un brote depresivo, una decisión equivocada, un trauma infantil o un sentimiento de culpa. El hecho de pensar, siquiera un par de segundos, en que algo de esto puede estar sucediendo dentro de esa persona nos ayuda a evitar juicios sumarísimos y a tratarla con amabilidad. 

Incluso las personas que parecen más despreocupadas no se libran de alguna batalla interior por pequeña que sea. Siempre hay un nudo que desatar, una crisis que afrontar, un problema que resolver. No conozco a nadie que lleve una vida completamente pacífica, ni siquiera aquellos que confiesan que viven en paz. ¡Qué injustos solemos ser cuando descargamos nuestra agresividad, nuestra descortesía o nuestra indiferencia sobre personas que tal vez nos han infligido algún mal, pero que tampoco ellas están exentas de males contra los que pelean cada día la dura batalla! Meterse en la piel del otro, imaginar lo que se está cociendo por dentro, practicar la empatía, nos ayudaría a crear relaciones más sanas y constructivas. El laboratorio en el que se comprueban estas actitudes es siempre la propia familia. En ella aprendemos a buscar siempre nuestros intereses o estar atentos a las necesidades de los demás miembros. En ella nos ejercitamos en un lenguaje agresivo o amable. En ella practicamos la capacidad de estar atentos o de permanecer indiferentes. Con el bagaje adquirido en la familia nos enfrentamos a la dura batalla de la vida. En el fondo, no hacemos sino reproducir, a escalas diversas según las personas y circunstancias, lo que hemos aprendido de niños. 

Ya he escrito en otra ocasión que ese mundo subterráneo que es el metro constituye también otro laboratorio donde se ponen a prueba nuestras actitudes. Lo estoy comprobando estos días en el metro de Madrid. Me sorprenden por igual las actitudes amables de algunos viajeros (tanto jóvenes como mayores) y las actitudes groseras de otros (casi siempre jóvenes). No es fácil ser amable en medio de la masa y con personas desconocidas. Entonces, puede salir a la superficie el tigre que todos llevamos dentro. Quien, a pesar de la presión, no pierde las formas, trata con corrección a los demás, respeta los espacios y el mobiliario, mantiene una actitud decorosa y solidaria, demuestra que ha aprendido que todos estamos librando una dura batalla y que, por tanto, no conviene reponer las flechas del carcaj con malos modales o palabras agresivas. En el caso de que el viejo filósofo Platón fuera el autor de la frase, hay que reconocer que estaba en lo cierto. La amabilidad no tiene contraindicaciones; la agresividad, todas.